2020: El año de la traición

El naranjo

Me hice acreedor de un naranjo. Lo riego y cuido, a veces lo miro. No es el protagonista del jardín. Pero ahí está. Sólo recuerdo al naranjo cuando tomo mate mientras como una naranja. Trona sobre mi mente la frase materna “¿Mate y naranja? No es muy culturoso”

La plaga llegó a sus hojas y pensamos que moriría. Ensayamos soluciones sin suerte, aparente. No escuchábamos al moribundo, sólo nos compadecíamos de él. Esta temporada no recibimos frutos. 

Sin embargo, en sus ramas, y hojas carcomidas, el naranjo nos dió nuevo brote. Tal vez sean frutos la próxima temporada. Y los disfrutaremos, posiblemente, con mucha alegría. 

Mientras el mismo naranjo me daba sombra tenue, aunque fue tenue la podía seguir considerando sombra. Sucedió en este mayo del 2021. Me encontré con un párrafo que me permitió cerrar una idea traicionera:

“Yo siempre había tenido una sensación de ilegitimidad, digamos de profunda incoherencia entre mi oficio y yo. Pero, con el paso del tiempo, fui adquiriendo cierta práctica y aprendí a ejercer mi sensatez” 

(La Triunfante – Teresa Cremisi – Pág 152)

La bocanada de aire nuevamente volvió: los cuadernos, la literatura, las letras y la determinación del año anterior: en el 2020 iba, por fin, a congraciarse con la famosa traición: me iba a convertir en todo un sujeto de oficina estándar. Una suerte de ingeniero. Y abandonar para siempre esas simétricas porfías del arte, que entreteje naderías.

Primerísima traición familiar. Me habían educado bien, con cultura, conocimiento y humanidades, con cariño por la lectura y así es la moneda de pago. Tener una profesión que disuelva su inquietud en un mar de proyecto sin emociones.

¿Cómo puede este chico terminar convirtiéndose en la representación misma de todo lo que está mal? ¿Cómo sucedieron en cronología estos eventos que llevaban a un proto-poeta a ser casi un ingeniero adoquinado?

El conocimiento

La anécdota de este conocimiento es simple: mi padre, que usualmente no le prestaba atención a los libros, esa tarde desentonó con su historia. Miró el conjunto de papeles y con curiosidad entonó: 

  • “¿Y ese libro?»

Su presencia destacaba sobre el resto de la biblioteca. Ahí estaba inefable, diferente, discriminable, completamente desterrable. Pero ese libro, sabiéndose inocente, no le tuvo miedo a nada y trajo otros.

  • “¿Cuál libro?” pregunté. El instinto es sucedáneo del engaño muchas veces.
  • “El azul. Dice Pre-cálculo”
  • “Ah, un libro de matemáticas. Voy a estudiar Ingeniería”

La voz del otro lado y el rostro que se asomaba fue el de mi madre que decepcionada al grito de 

  • “¿Ingeniería?”. 

Ella ya vislumbraba un destino desapasionado, tedioso. Oficina y aburrimiento. Un destino alejado de la gran humanidad, el arte, la vida, la historia, los poetas y los cuentos. Bienvenido el frívolo y extravagante placer de los autos y “el dinero”.

Adiós a la literatura, el arte y las lágrimas que desafían los estereotipos. Bienvenidos también los comentarios de oficina que antes pasaban con tanta liviandad.  Pequeños títulos micro-empresariales aparecerán por aquí y por allá. Obsesiones inhumanas por ciertas jerarquías que funcionarían como el sustrato de la propia mediocridad.

Hoy los conozco mejor, se llaman gerentes y/o “C level”. Son pequeños aparcados de oficina que sirven de instrumento de privilegio que se  transmiten en dos aparentes cuestiones: gloria doméstica y estatus.

Poco a poco se irían perdiendo esos parates, escapes de lo cotidiano y lentamente dejaría de hacer cosas que “no sirven para nada”. La hazaña pequeña perdería paso 

No aparecería más el ánimo a desconectar las cosas, a quitarles su carácter de utilidad, a sacarlas de la lógica del cálculo. Para sencillamente hacerlo. Porque sí. 

Su tono tenía todo lo que se puede resumir en “¿Cómo fue que pasó esta desgracia?”. 

Triple desgracia

La primera desgracia sucedió en un trabajo. Yo estaba sentado al costado de los programadores. Alguien me enseñó unos códigos raros y me dijo “estoy programando”. Lo dijo con voz orgullosa. Asumí que era algo importante. No recuerdo si, efectivamente, su trabajo era relevante. Pero algo fue maravilloso, excelente, fantástico. 

Creo que me atrajo el hecho de que había palabras, pero no entendía  y al grito de “Quiero hacer esto” molesté tanto que alguien me dijo “Pibe, para saber esto tenés que estudiar ingeniería”. La pista, el veneno. El inicio de todo mal que había llegado al corolario de la gran decepción de mi madre había iniciado. Ese mismo día sellé mi inscripción en la facultad y con ella mi destino.

Sin embargo, los planes del triunfo se desbarataron: mi mamá enfermó, todo se concentró en ella y los grandes cambios de trabajo los aplacé hasta su muerte.  Su enfermedad era incurable, su destino escrito en piedra. Curiosamente, murió el día en que iba a rendir una de las materias insignia de los ingenieros: Análisis Matemático I (Cálculo I)

Junto a ella, desapareció la posibilidad de demostrarle que yo tenía razón. Iba a lograr ser un ingeniero hecho y derecho, una persona de oficina normal, que no iba a irritar más con esas cuestiones vinculadas a los ardides de un egresado de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. 

Al final, los ingenieros programan; hacen cosas concretas que no entran en conflicto, nada de sarcasmo y frases que dejan al otro en los silencios “Divertidos” que son incómodos para otros. Ella y yo estábamos de acuerdo en eso. Sin embargo, estábamos equivocados, el problema no son los desafíos técnicos sino las personas que los empuñan. Lo descubrí una vez en el juego. De todas formas, es otra historia.

La segunda “desgracia” en esta traición sucedió en abril del 2019. Un conjunto de personas incautas tomaron la decisión de contratarme como programador. La teorización había terminado.  Era hora de la práctica. Luego, mi jefe renunció. Y mi nueva jefa, continuando con la misma locura decidió no contratar a otra persona. Tuve mi oportunidad de aprender todo lo que podía acaparar mi mente. Hice uso de dos legados maternos: el estudio y la lectura.

Por último la tercera gran desgracia sucedió en Abril del 2020. En ese instante concreto sellé para siempre la traición gloriosa. Cómo Bruto contra Cesar. En medio de una pandemia mundial todas las actividades sociales y artísticas se vieron cerradas al público. 

Decidí utilizar todo el tiempo para concretar la más esperada de todas las traiciones: dedicar  la totalidad de mi tiempo a cuestiones ingenieriles. Nada de literatura y arte. Ni una pizca de humanidades, ni Ciencia Política. Fuera la Filosofía y la Sociología. 

Por siempre y para siempre lograría desterrar las alocadas situaciones que sucedían como fruto de tanto arte. Por fin convertiría la naranja en manzana. Podría utilizar, de una vez por todas, el adverbio majestuoso: siempre.

Para siempre erradicaría la “profunda incoherencia entre mi oficio y yo”

El adverbio y el naranjo.

El adverbio “siempre” imprime una nobleza innecesaria a nuestros sentimientos. Algunas están con nosotros por mucho tiempo, tal vez toda nuestra vida. “Siempre” parece una exageración.

Andar en bici, el cariño por lo que nos gusta, mi madre, los libros, sus significados, el amor a la cultura, el cariño por los que luchan, la alegría de habitar las discusiones “incómodas”, infinitas polémicas sobre la normalidad de las personas, el arma de destrucción masiva que es la lectura, la incapacidad de encontrar “la vocación” y hacer cosas “porque sí”. Me hicieron parte de lo que soy. Creimos que todo lo íbamos a borrar el día que, por fin, avance en esta carrera ingenieril/programadora.

La realidad es que no evadimos aquello que nos hace felices, ni que nos constituyen. Descubrí que la fatídica, para otros, incoherencia entre mi oficio y yo no es otra cosa más que la limitación de personas que se olvidan que mi mundo necesita proyectos con emoción. Sino seré condenado a sus petrificadas vidas rutinarias, sin arte, sin poetas, madres, tristezas y alegrías. En sus vidas no existirá la infinita poesía.

Aún me hablan de libros, de poetas y me los regalan. Existe, es real como lo incautado y doloroso de algunos recuerdos. 

Aún en estos tiempos, cada día de su cumpleaños voy a comprar libros. Algunos para mí, otros para mi tío, quizá también para otros seres queridos. Pero por sobre todo, compro libros para ella. 

Los leo con atención. Me debato cada día cuánto le hubiese gustado. Si en su corazón se debatiría la emoción, el sosiego o la comprensión. 

La lectura es para nosotros mucho más que un elemento lúdico. Desentraña elementos dormidos del alma y siembra para siempre el fruto del porvenir.  ¿Su fruto será amargo o dulce?. Esas preguntas me hago.

Como sucedió con La Triunfante, leído a la sombra de un naranjo nuevamente floreciendo. Luego de una temporada sin frutos. Sabemos que volverán los frutos. Nunca se fueron, sólo no tuvo tanta atención. Fue un año traicionero para muchos.

El arte, la escritura, las personas, la lectura, la cultura. Los libros, los cariños, amores y pasiones. Pensamos que se iban a ir, pero no sucedió. Sólo se enriqueció otra pequeña parte del mundo. Una traición a medias, temporal y parcial.

El asunto de la traición quedó saldado luego de 1 año de profundo ejercicio. No pude evitar ser un programador salpicado de literatura que sigue teniendo esas respuestas que hacen que los demás queden descolocados.

Una vez sentí que “ no entiendo cómo sobrellevar el sufrimiento que me genera explicar que fueron muchos de los libros que vos también recorriste a lo largo de tu vida los que en cierta forma me explican y justifican” (No escribiré jamás

Quizá sea hora de reescribir algunas líneas. Ahora es distinto. Debería hablar de otras cosas.

Debería hablar sobre las traiciones de hijos a madres que no pudimos concretar. Del recuerdo que cada palabra genera se atesora. De lo que significa reírse con la alegría recuperada. Cada palabra y cada rastro de arte, y particularmente de literatura, me recuerda que una vez compartimos mundo. 

También hablaría de algunas plantas: Rosas, naranjos y alegrías del hogar. Llegará la anécdota de cómo el naranjo, a pesar de la plaga, siguió dando ramas nuevas. Pero esta antiguas palabras que tejían amarguras lentamente me van dejando. Esos frutos ya no están siendo alimentados.

Tal vez seguiremos dando frutos hasta que al adverbio siempre, se convierta en nunca. 

Porque para que pase de uno a otro, las personas sólo necesitamos una cosa: tiempo. Y las traiciones redentoras seguirán truncas, porque no podremos hacer que un naranjo de limones, como no podemos abandonar nuestro camino una vez que decidimos transitarlo.

Tomaremos los momentos de la vida con ambas manos y nos lamentaremos por esos frutos perdidos, que dulcemente nos hubiesen dado privilegiados momentos. Yo a uno de esos frutos lo hubiese llamado: “La fatídica traición a mamá”.

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1 comentario

  1. Donde sea que esté, Silvia debe estar orgullosa de vos. Abriendote caminos nuevos, y desarrollando nuevas profesiones una tras otra. Hubiera sido más cómodo hacer uso del primer título al que llegaste! No puedo no leer tanto sobre un naranjo, sin pensar en «Mi planta de Naranja-Lima»! Ojala la plaga no haya podido con tu árbol! Abrazo!