Una mañana en una organización nada ilustre y bastante rudimentaria decidimos coordinar el viaje para que el ‘Hetor’ y su familia vayan a las violetas a conocer el desayuno “Maria Callas”.
Los provincianos que viven en Buenos Aires subirían al colectivo número 26 y los provincianos viviendo en Junín harían lo propio más adelante, porque se estaban alojando en el barrio de Almagro. Geográficamente, más cercano.
La situación no salió como lo planearon los dos amigos desde la cuna. Aconteció como paso a relatar a continuación: Uno mirando por la ventana del interior del colectivo al grito de “Hetoooor” Y afuera, el Hetor. Mirando con esa forma de ojos de asombro mientras no levantaba su mano para hacer el gesto al colectivero de parada. Y ahí de repente: su cara. esa cara. Simple, y clara, sabía que se estaba mandando una cagada. Él sabía lo que le iba a decir su mujer. Pero algo me generó una alegría en el corazón y un rapto de risa.
Le dije a mi novia: “Acabaste de presenciar un momento histórico. Esa cara que tenía el Hetor recien es la que ponía cuándo por alguna razón terminaba envuelto en mis asuntos “creativos” de niñez. Cuando todos le decían por qué se juntaba con ese. Las ciudades pequeñas son problemáticas, mi ADN no estaba preparado para ella. Ni ella para mí.
Por eso su cara me recordó otros momentos donde él tenía su pálido aspecto descriptivo del pavor: llamadas a dirección siendo alumno ejemplar, problemas con vecinos, invitaciones pero que ‘no le digan al otro’. El tumulto del prisma de la niñez se vuelve difuso por partes. Uno intenta ser quién quiere ser y a veces no puede, entonces reacciona de manera impensada. Quedando alejado del cariño y de los que son de nuestra misma edad. Ocasionando el peor de los destierros. No saber por qué, pero sintiendo que ‘algo en mí está mal’
Hasta un día le corté el dedo, y casi lo mato con la caída de la chapa en su espalda. Por suerte la madre también me perdonó bastante la vida, quizá porque veía que el Hetor era mi amigo de verdad.
Hetor se resistía a que me vuelva un paria, y me seguía invitando. Así pasaron las tardes y otras anécdotas. Cuando me expulsaron del colegio privado mi única condición era ir “a la escuela con Hetor” también tuve suerte. Y fue el único año que pude hablar con otra persona en los recreos. Casi a costa de que él no pueda hablar. Qué aburrido eran antes los recreos en el privado mirando el árbol de ciruela. Ahora me invitaban, por lo menos a pararme en el círculo con los otros
Y entre todas las caras que el Hetor estaba acostumbrado a hace; Una de las más importantes ocurrió a mis cinco años. Quizá la que más recuerdo; Luego una operación de ojo, de la anestesia precisamente. Cuando me empiezo a despertar. Veo gente al mi alrededor, algunos adultos y en el medio de todos al Hetor: “hey, no me morí” dije con mi forma de ser chistosa cultivada desde niño. Él no pudo contener las lágrimas, todos los adultos lo rodearon, mi madre incluso. Hetitor llorando, diciendo “no te moriste”. Él no tenía ninguna necesidad, de sentir eso, pero lo sintió. Ahí me di cuenta, a mis cinco años, que él era mi amigo. Qué no iba a ser un paria, y que iba a poder sobrevivir hablando, aunque sea con otro niño como yo.
Luego tuve suerte. Me alejé de la ciudad los 11, y empecé a juntarme con personas particulares como yo, la gran ciudad me enseñaba todo lo infinita que era y todo lo anónimo que podía llegar a ser. Sentí paz. Aparecieron por fin literatos, poetas, bailarines, actores, programadores y otras faunas de la rareza que no me hablaban de la sugerente idea: Dios, país, novia, hijos, familia, morir.
Gente que hacía lo que le gustaba porque: “le gustaba”. Fui feliz, descubrí que podíamos ser más personas con mis afinidades, intereses o formas de vida. Qué podía amar como quisiera, a quién quisiera hasta encontrar, por fin aquella que fuera la propia, la que me hiciera sentir auténtic. La que me hiciera sentir yo con otros. Descubrí a mis afinidades selectivas. A partir de la liberadora partida aparecieron ellos: Facundo, Lucre y Kevin.
Sí pudiera hacer un recuento de mis grandes amistades esas sencillas notas de cuestiones que me vinculan a cada uno de los grandes amigos me han beneficiado con su amistad. Facundo y la soberbia, Lucrecia y la danza, Kevin y la sobriedad. Cada uno de ellos es el signo de algo que me gustaría hacer, que admiro o que con el tiempo adquirí. Pero en mi corazón los recuerdos porque son unos de los signos de la libertad. Cada uno para su propio decenio: los 10, 20, y 30.
¿El Hetor? ¿Ese amigo de la primera década? ¿cuál es el secreto? La respuesta es sencilla y la más importante: el secreto de la vida también es el Hetor. Tuve algunos azares favorables uno de esos fue el que al lado de mi casa haya existido el Hetor. Incluso se puede remontar a la propia historia de su nombre.
El héroe antiguo Hector. Se dice que uno de los potenciales significados de su nombre es “el que sostiene”. Si este fuera el caso, su nombre será bastante cercano a lo que fue, un niño, hoy adulto que no importa si tienes todo el dinero del mundo, o la nada, si eres un paria, o un rey, si conseguiste tu éxito o tu desgracia. Ahí estará: el Hetor. Algo que no se puede pagar, algo que no se puede comprar. Algo que es, posiblemente, lo que llamamos amistad.
Luego de por fin llegar a nuestro desayuno se daba la situación del pago, y otra vez disfrutábamos de una divertida discusión.
Cada vez que había que pagar la mujer se enojaba. Le decía: “Hector, podes pagar algo por Dios”. Nosotros siempre le hacíamos algún truco. Porque tenía razón; es verdad, quisimos pagar todo, quise pagar todo, y todo lo que se pueda o todo lo que podamos. Me di cuenta de que ellos se acordaban de algunas cosas buenas que hice. Yo me las olvido, le daría un millón de tutoriales, soluciones y ayuda a los problemas si puedo.
Así siento que yo le estaría devolviendo un poco todo lo que él hizo por mí, pero no puedo sentir que estoy equilibrando ni un poco lo feliz que era cuándo pasaba tiempo con él o porque sabía que él estaba cerca.
Porque el sin saberlo mantuvo vivo un vínculo de amistad aceptándome como el niño que era, y nunca fui un paria, ni sentí la soledad. Luego tuve otras suertes, pero esa es otra historia.
En definitiva, existió alguien. Alguien me mira, me escucha y cuándo me ve me dice “Ahí estas vos. Y así sos. Tomemos mate”. Debería ser obligatorio tener un Hetor en la vida, nos ayudaría a que no decaigan las fuerzas por querer ser uno mismo.