¡No escribiré jamás!

Porque cuando me asalta el llanto en esa imagen patética que es un ser humano derrumbándose por sus pesares yo quiero devolverle algo a todo el dolor que recibo.

Porque es un dolor propio y particular pero que participó en muchos corazones de manera general. El nieto que pierde a su abuelo, el infante y su mascota, la vida y la flor, el perro y su amigo humano. Cómo cuándo tenés esa mirada de sufrimiento de otras personas y nadie puede remediarlas.

Y ahí, en una habitación, tal vez un sábado, un domingo. Tal vez en el balcón, sin baño, llegado del trabajo o sobresaltado de manera abrupta a las 5 de la mañana. Ahí, ruin, sólo, esperando una simple causa para desarrollar la venganza. Contra algo, contra lo que sea, contra mi mismo. Imagino y me digo: “No voy a escribir más”.

Porque es el miedo a que mis palabras de verdad digan algo lo que me da pavor, terror; lo que me infringe un dolor sepulcral. Lo que incendia mi propia tristeza y congela oprime mi alma mientras tipeo las teclas o hago garabatos en el papel.

¡No voy a escribir jamás! Porque si alguna vez funciona y alguien viene y me felicita; ahí no estará mi mamá para poder decirle “a fulanito le gustó lo que escribí” y yo no quiero sentir esa angustia y esa falta total sobre mi cuerpo.

Si al final fue ella la que tenía ese libro loco que hablaba de la literatura, del arte y de la vida; que escribir es una de las formas del cuerpo. No puedo, y no estoy preparado para un sufrimiento de por vida. No soy tan fuerte. ¡¡Ella también debería llevarse con su muerte las palabras!!

Porque si elimino la chance de que alguien sienta alegría por lo que escribo también voy a inhabilitar mi futuro sufrimiento. Si nadie siente tristeza por lo que escribo, por lo menos la mediocridad será un lago tranquilo donde transitar el mundo.

¡No voy a escribir jamás! Porque si alguna vez aunque sea una persona logra emocionarse con lo que escribo, sabré en ese instante que no estarás ahí para conectar con tus ojos, con tu mirada y verte, y reírnos. No podré mirarte la cara y reír de algún error tonto que vos seguramente corregiste.

¡No voy a escribir jamás! porque si alguna vez alguien considera que existe un comentario inteligente no podré decir el libro en que lo encontré sin hacer referencia a esa biblioteca de casa.

¡No voy a escribir jamás! porque no entiendo cómo sobrellevar el sufrimiento que me genera explicar que fueron muchos de los libros que vos también recorriste a lo largo de tu vida los que en cierta forma me explican y justifican.

¡No voy a escribir jamás! porque si alguna vez alguien me considera ‘Culto’ no voy a poder dejar de pensar en la referencia a tu padre que tirando un fajo de billetes sobre la mesa y diciendo “el dinero que vos ganás en un mes yo lo tiro en una noche. Hacé algo de tu vida: estudiá” inició ese recorrido que también vive en mí: Estudiar es bueno y nos hace mejores.

¡No voy a escribir jamás! porque al hacerlo tengo que lidiar con la muerte, con el dolor y con la pérdida. Especialmente si hay frases salvables dentro de todas estas lamentaciones.

Si de verdad hay cosas rescatables estará tu vida, tus dichos tus chistes, tus alegrías y enojos por ahí. Y yo no seré capaz de afrontarlo. Lo saludable sería no escribir jamás.

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