Las sucedáneas rutinas de la muerte.
La hoja, el viento, el sol. Rayo y tormento. También cálido murmullo.
Tenue historia opaca del exiguo fulgor.
Vidas sometidas a múltiples embates, y cotidianas perezas.
Lira sonando con cascabel en la hoguera.
Simples ruidos. Caen en la acera.
Tu vos tan sonora escapa hacia la muerte.
La agonía es fecunda y oculta su armonía. La voz escapa.
Vos te me escapas de la memoria. Quedando en el simple recuerdo.
El cumplimiento de las promesas y nuestras deudas:
Énfasis de la distancia entre tu inexistencia y mi desesperanza.
La puerta de rostros olvidados.
Las palabras sólo son un eco anónimo:
Simples herramientas del mensaje;
Rutinas apócrifas y olvidables de corrientes monedas.
La muerte destruye los templos construidos en vida,
Arroja al olvido también sus alegrías.
El corazón abraza angustia. Desahuciado. Se agolpan.
En él se agolpan nuevas palabras para decir. Para decirte.
¿Quién mirará nuevamente el corazón?
¿Para alguna otra persona será delator?
Ahora le queda sólo el criptográfico silencio: ser un simple eco.
Eco de ruido que no significa. Y no libera en consecuencia.
Eco carcelario de los sentimientos.
No entendibles; postergándome a extraño solitario.
Inmóvil mirando esos otros ojos. Estupefacto.
No llegan a sentir el gran lenguaje olvidado.
El ojo sólo quiere imágenes.
De otra forma le desesperación lo asalta:
Las palabras le reflejarían una imagen de sus miserias.
¿Qué? ¿Dónde? ¿Cuándo?… ¿Por qué esta rutina?
Las sucedáneas rutinas de la muerte.
Espíritu perdido: ojos en el firmamento.
Su voz: un simple eco que sólo hiere al viento.
Criatura isleña, monstruosa que mira al cielo.
Con una simple colección de palabras.