Visperas

En la tranquilidad de mi casa estaban las teclas sonando. Entretenido, resolvía ciertos dilemas profesionales de la afición que convertí en profesión. No resuelve los problemas absolutos de la gran filosofía, sino algunas inquietudes propias de la técnica.

De repente, el timbre suena y me avisan que existía un paquete para mí. Veo una caja enorme e imagino algún regalo presuntuoso y espectacular de algún pariente adinerado. Pero, en las vísperas de mi cumpleaños llegó un libro. No sabía de quién era. El silencio universal me golpeó y sólo quise tersar palabras en recuerdo de otros y, lejos de las circunstancias, de golpe. La recuerdo.

Aturdido dentro del paquete salía un libro inesperado. Nadie de los conocidos podía regalar un libro a esas horas. Llegarían luego, al otro día. Si es que, con suerte pensaron en libros. Menos a esa hora, las 8 de la noche.

La historia era una reminiscencia de un pasado de otra era. Cuando luego de unas compras volvíamos a casa con mi madre y revisamos de qué se trataba esa cantidad de libros comprados de manera impune previo a mi cumpleaños. Una historia universal. Simples convencionalismos y clichés. Todos tenemos ese momento único con las personas que amamos: en este caso eran los libros, los cumpleaños y los regalos. Pero la muerte nos separó. El tiempo enviaría haría que el olvido haga el resto. De ese lado los recuerdos, del otro la muerte: esa imposibilidad de todas las posibilidades.

Y el libro que une ambos momentos, ¿Por qué me sale a golpear de manera abrupta y conmovedora? El tiempo se partió en mitades. De un lado yo, la vida, los libros, y ahí mi madre, la alegría, el infinito. Cierto espacio que me sobrevive que llamamos eternidad, la eternidad que dure mi finitud, evidencian.

Ella siendo libre: todavía con la posibilidad de tratar de ser y rebelándose a ser interpretada por los otros. Del otro, el abismo, la muerte, las tristezas, la morfina, los vómitos y la incapacidad de absorber todo el dolor. El infinito silencio y el no poder decir la frase del escándalo sin llorar: “te quiero”.

En el límite, la totalidad de los libros. Ahí se encuentran todavía hoy. Están en sus gentiles pedestales, hoy quizá arrabales de la gloria y monumentos de algunas desesperaciones de personitas sin importancia. En medio, el regalo de este libro, como cenizas de pólvora de batallas pasadas y desconocidas por terceros.

Conmovido, lo agradezco y lo escribo. Es la única forma que sé manifestar el sentimiento.

Aunque el destino la reclamase su persona al tiempo. No puede robarle el trono al cariño por nuestros recuerdos.

Aunque sea, la seguimos honrando después de muerta. Ahora los libros son para mí antes que para ella. El sobrecogimiento universal de la victoria que se volvió signo en las horas del otro que soy yo.

Un lector conmovido en las vísperas de otro cumpleaños, con un libro de regalo que alguien ve que es uno de mis signos.

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