Las peripecias de Juan Negón

Luego de cenar con Juan Negón no todo fue negativo, es que Juan es inteligente, pero no ejerce. Tenía la suficiente sensatez la pregunta que hizo como para que al resto de la semana lo ocupará con la duda: ¿Por qué, en el caso de que te guste pasar tiempo con gente positiva, pasás tiempo conmigo?

Una pregunta que seguramente hizo en otro momento pero esta vez se prendió en su interior y la pudo repetir con serenidad los próximos días. ¿Por qué tengo que pasar tiempo con Juan Negón? Pero la respuesta también encuentra su problema; el mundo está desnivelado. La mayoría son las personas que eligen la apatía burócrata porque consideran que las rutinas de las alegrías son una atrocidad.

Mientras tanto, Antonio repasaba en su mente los momentos. Juan y su ansiedad en búsqueda del mozo, Juan y sus ganas de tener velocidad para que lo atienda, Juan y su velocidad para tomar el teléfono para discutir con otra persona, Juan y la impaciencia. Todo eso que hacía Juan: estar en ningún lado a ninguna hora por ningún motivo pero opinando de todo. 

Pero ahora lo notaba, antes no. Tal vez era la pizza lo que lo hacía más real. Ahora la escena es un momento digno de abandonar. Pero la pregunta persistía ¿Por qué reincidir? Si la pregunta condensaba mucho más que el diálogo, era una caricatura de todo lo que había sucedido en la cena, aunque tal vez lo había juzgado con injusticia. Se dió a la tarea de recordar. Rememorando la noche quería recorrer aquello que lo había hecho feliz en aquel momento, porque los recuerdos son más benévolos que las realidades, pero ni una imagen venía a su mente. 

El miércoles, con el café de la media tarde se chocó con la idea escondida que tal vez le de el secreto: no podía recordar casi nada que lo hiciera sonreír. La calidad de la presencia de Juan se notaba cuándo se había callado. Las frases iban y venían de salto en salto por cuestiones desinteresadas sin ningún tipo de compromiso. 

Sin embargo, un objeto llamó su atención. en la pizzería donde cenaban, enredado en la pared vieja y destruida estaba el espejo. Recuerda su reflejo, ahí mismo empezó a notar sus entradas, el tiempo y la juventud de los otros comensales. Fue increíble algunos años que estuvimos ahí.

Pero también notó que los años que le quedan y los años que se le van también están en ese espejo. Y entre ambos Antonios, tapando al espejo, estaba Juan, repitiendo frases que ya no recuerda. Una persona que tapa su reflejo le decía y lo educaba en la inutilidad de hacer todo lo que le gustaba, en la falta de sentido de perder tiempo en hacer eso que no traía una ventaja, todo era vano, el festival de la exigencia de las garantías estaba servido, pero Antonio no tenía las respuestas, solo búsquedas, inquietudes y puñados de alegrías. Ante la duda Antonio no soltó todo aquello que alguna vez le había robado una alegría, no quería volver a la pereza de los años anteriores. 

En ese instante nítido y perfecto de dolor aparece. El dolor de las preguntas sin respuestas y del futuro abierto.La investigación de la herida y del tiempo en las personas, presionando, empujando con investigación sólo curiosa y visceral. ¿Este dolor que siento es tuyo o mío? 

En realidad, tampoco es que mucho importa. Tampoco iba a mirar en el abismo estrellado, si cae ahí mi alma, no podré decir cuánto tardará en salir; y ya no quiero usar mi tiempo en eso.

La muchedumbre se dispersa; cada uno se dirige a su destino en este favor mutuo disfrazado de pregunta, uno al poder concentrarse en los próximos momentos alegres y el otro a poder hundirse con tranquilidad en su autoproclamada enemistad consigo mismo. 

Una vez en casa Antonio la encuentra a ella. desenredan un poco el garabato del tedio para volver a tejer con ella una historia que llamarán vida.

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