La Metamorfosis – Franz Kafka

Sí importa que quiso decir Kafka en la metamorfosis, sí importa la crítica que él realizó a la sociedad y a la falta de comunicación que nosotros tenemos. En 1915 era atroz, en el 2015 es sutilmente banal. La incomunicación está banalizada tal vez porque muchos sentimientos se encuentran cosificados. Esa es otra historia, eso seguramente llegue con Walter Benjamin.

La cuestión es que Franz Kafka y su Metamorfosis son libros que nos cuentan algo de nuestras sociedades y también de nuestras cotidianidades: todos en algún momento de nuestras vidas fuimos Gregorio Samsa. La persona que en algún momento se convirtió en todo lo intolerable que puede suceder y representar. Un ente desdeñable  que deberíamos deshumanizar.

En algún momento fuimos un paria. Hay situaciones peores: en algún momento tal vez nos convertimos en los detractores de Gregorio, en los acusadores; en los agresores. En los ‘normales’ que generan la ‘integración’ en nuestras sociedades. Los censores de lo ‘normal’ y ‘anormal’

El libro comienza directamente con el problema «Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto». Lo que le sigue además del esfuerzo por descubrir su nueva condición motriz y sus nuevos hábitos para sobrevivir es el reacomodamiento de los vínculos y, principalmente, la reacción de estos frente a lo extraño y desconocido. ¿Abominación y horror? ¿Comprensión y búsqueda?

Aunque existen atisbos de buena voluntad, la dinámica de los vínculos lo tornan un evento opresivo, detestable; las reacciones ante el este nuevo suceso es angustiarte. Luego se convierte en infernal. Un académico de las Ciencias Sociales podría hacer la concesión de decir «Es un juego donde no hay coordinación». Descartemos la hipótesis y volvamos a lo atroz de lo que sucede cuando se desconecta al hombre con lo humano.

El autoaislamiento llegó un día, con el comienzo del ocaso del hombre, de Gregorio. «Un día (…) (la hermana) entró algo más temprano que de costumbre y se encontró a este mirando inmóvil por la ventana pero ya dispuesto a asustarse (…) Claro es que Gregorio se escondió al punto debajo del sofá, pero hubo que esperar hasta el mediodía antes de ver retornar a su hermana. Más intranquila que de costumbre. (…) Y a fin de ahorrarle a incluso esto (el hecho de verla) transportó un día sobre sus espaldas (…) una sábana hasta el sofá y la dispuso de modo que lo tapara por completo ya que la hermana no pudiese verlo, por mucho que ella se agachase». Con su autoaislamiento se cortaba otro canal de comunicación y seguía siendo erradicado de lo humano, volviéndose diminuto y animal; Viviéndose la bestia. Tal vez el sollozar de la madre que declaraba «¡Dejadme entrara a ver a Gregorio! ¡Pobre hijo mío! ¿No comprendéis que necesito entrar a verlo?» podría haberlo rescatado de su oscuro futuro.

Una vez que el derrotero a lo animal comenzaba fue cada vez más lejano los intercambios, la comunicación, y más curiosas sus apariciones. Del hombre doliente, al extravagante bicharraco. Del ser humano que sufre al animado insecto que nada siente. Una vez despojado de su humanidad el camino al horror quedaba despejado. Y el horror sucedió.

Los hábitos de Gregorio eran diferentes a los de su familia, caminaba por las paredes al ser un insecto. Para facilitarles la tarea se le quitaron los muebles. Curiosamente, este suceso fue uno de los más significativos en la pérdida de su condición humana. «¿Y no parecería (…), no parecería entonces que, al retirar los muebles, indicáramos que renunciamos a toda esperanza de mejoría y que lo abandonamos sin consideración ninguna a su suerte?» A partir de ese momento Gregorio comprendió que «la falta de toda relación humana directa, unida a la monotonía de la existencia que llevaba entre los suyos, había debido trastornar su inteligencia en aquello dos meses, pues, de otro modo, no podía explicarse que hubiese deseado ver vaciar su habitación. ¿Es que él deseaba de verdad se cambiase aquella su muelle habitación, confortable y dispuesta con muebles de familia, en un desierto en el cual hubiera podido, es verdad, trepar en todas las direcciones sin el menor impedimento, pero en el cual se hubiera al mismo tiempo olvidado, rápida y completamente, de su pasada condición humana?»

Con la pérdida de la condición humana llega la extrañeza, el olvido, el acusamiento del «no ser ya el hermano», y el desenlace trágico. Banalmente trágico. Luego del fin, del patético fin, el sol clareaba esa mañana. Y los sobrevivientes salieron en una plácida charla. En el medio hay nudos dramáticos y complejos. Para saberlos, hay que leer el libro. Conté una parte importante. El fin es la muerte. Pero no es su destino. Creo que el desenlace es producto de la pérdida de esta condición humana y social.

Conjeturo con sospecha de equívoco que hay interpretaciones como lectores. Lo que le sucede a Gregorio es un símbolo de algo, de algo terrible que le sucede a los seres humanos eventualmente: perder su condición de humanidad. Puede uno ser esa esposa maltratada y signada como ‘la tonta’ de la familia la cual todos se burlan, ser el padre autoritario terrible que genera repugnancia, el hijo abominable, el paria, el incomprendido, el gay, el enfermo, el negro. Todos en algún momento fuimos Gregorio Samsa. Mi moral indica, el cuento me sugiere: Aislarse es desconectarse y orientar la vida, por lo menos a la nada. El esfuerzo es unir.

Gregorio no perdió su humanidad: fue conmovido por la música. Pero no quisieron prestar atención a ello. Se centraron en su hábito diferente no en su humanidad aún reinante.

Relato detallado, del deterioro de la condición humana y el retrato de los límites cada vez más pequeños que tiene la atrocidad. Relato de la muerte acaecida de manera impune sobre inocentes que tuvo el destino de ,en algún momento, mutar a algo diferente.

Relato que señala que la idea de evasión, tal vez no sea la mejor. Relato que me agradó leer. Y que recomiendo.

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