Cerrar un capítulo, que debería ser eterno, y apilar las añoranzas que vendrán en lugares futuros donde no estará mamá es una sensación ingrata, absurda y dolorosa.
La muerte, aún no toma lugar en nuestra cotidianeidad y nos genera angustias de eso doloroso que todavía no tiene entidad.
Recorramos un poco más el epílogo de su libro y el fin de este capítulo, en el mío.
Una vez muerta, todos balbuceamos notas lamentables y ridículos conjuros de prosas para demostrar nuestro dolor. El destino de muchos, por cierto también se encuentra en mí. Seguramente en alguna de las letras vertidas podré notar lo patético de mí mismo. Creí que eso iba durar para siempre. Uno de los tantos errores que he tenido. Pero la simple imagen de rebajar a lágrima el dolor que es algo humano aún me despierta situaciones. Aun enciende, tenuemente, la prosa.
¿Cómo se despide a un ser querido a través de las letras?¿Cuándo termina el velorio y comienza el duelo? Mi madre luchó tres años y ella tuvo que enfrentar y conocer la muerte. Hacer la caminata por el borde mirando los recuerdos sin caer por el precipicio de la angustia es lo que puede llevarme y llevarnos al porvenir. Ser un museo con patas no puede convertirse en el presente. Ahí es donde efectivamente obturaremos nuestro porvenir.
Pero atardeceres son duros, porque el epílogo del día choca contra las locuras que rondaron las jornadas y los días. Es verdad que le contrabandeamos algunas anécdotas al tiempo para que se mantengan perecederas por el total y constante susurrar de nuestra humanidad. Mi mamá robaba ideas de sus memorias, de la de nuestra familia materna y también de los libros que supieron ser su arma y su portento.
Cuándo me dio el libro “Narraciones” de Jorge Luis Borges leí el capítulo que me llevó a descubrir y querer recrear la literatura. Creí que era eso. Aún puedo verme a mí mismo en ese cuento. Aún puedo recordarme bajando la escalar de nuestra casa diciendo: ‘Este cuento está bueno’ y ella con una mirada entre cómplice y provocativa me comentó: ‘y.. es uno de los más conocidos’. Aquí la parte que me cambió:
“La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.”
El recuerdo, los recuerdos, y cada una de las nociones de su día a día se desdibujarán. Sus manos serán sólo manos, y no serán “las manos de mi madre”, su tono de voz no levantará los ánimos en las charlas encendidas, su puño no se cerrará con sabia incontinencia, su voz no resonará con fina percepción del depredador que está al acecho en alguna discusión. Sus abrazos serán retoños de otros abrazos. Y su alma será lo que recuerde la mía. Y eso es así, el mundo cambiará. Y yo…. y yo también.
Cuando lea, y tenga en mi mano un mate, mire por la ventana a las 5 de la tarde. Una brisa cálida y primaveral recorrerá una parte de mi cuerpo e inevitablemente recordaré ese momento de los momentos, su mirada calma qie transmitía entre alegría y orgullo. Recordaré esa cálida brisa de verano llamada mamá y ese libro que siempre recuerdo y que, curiosamente presagiaba cosas. Es hora de que termine el círculo y escriba mí parte. Robando, y rebajando la calida,
El candente mediodía de diciembre en que Silvia Farias murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, y que increíblemente la soportó con un coraje inexplicable noté que un nuevo mantero se encontraba levantando sus artesanías, desconocidas por mí, en la vereda frente a la Universidad Tecnológica Nacional de la calle Medrano; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero y yo…también. La melancólica vanidad que sintió Borges me hizo saber que yo también iba a cambiar inevitablemente y que sólo nuestro amigo Funes sería capaz de recordarlo todo. Su melancólica vanidad, fue reemplazada con una expectante resignación; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación.