La noche de la ciudad era esplendorosa y centellante. Desbordaba la alegría propia de los periodos festivos. Se acercaba el final del año. Risas, festejos, canciones y celebraciones en todas partes. Se podían oír con nitidez desde muchos lados. Era algún momento de diciembre, posterior al 18. Aproximadamente él lo sabía. No tenía en su mente la exactitud de la jornada, pero lo que completamente descartaba era que ese día sea 2 ni 12 de diciembre. El sabría exactamente sí el día fuera alguno de ellos.
Vertido sobre el piso, su espalda era el punto de contacto con la madera. Las habitaciones en penumbras. La luz que iluminaba era la de la farola ubicada en la esquina exterior. Su luz se filtraba por la ventana.
La mitad de su cara a oscuras la otra iluminada por la tenue luz. Él podía divisar la mesa. Caída en el piso luego de algún rapto de ira. El cristal que lo recubría sobrevivió a él mismo y no había estallado. Sin embargo, la botella que se encontraba deslizando a través de la silla parecía que no iba a correr la misma suerte. Unos segundos más tardes la botella era un recuerdo, los vidrios una presencia y el agua un líquido que se comenzaba a adueñar del lugar.
Podría haberla rescatado de su estallido. Pero no quiso, prefirió que la botella sea también parte de su patético destino. Era justo que él la vea caer ante sus ojos sin hacer nada. Era justo ver su destrucción. Al fin y al cabo, nada pudo hacer para ver la destrucción y la decadencia en otras situaciones donde sí quería ayudar a la salvación.
El agua empezó a mojar el piso, a desparramarse libremente. El, mientras tanto, veía esa sucesión de imágenes que no aportan ningún tipo de legado y que sólo son historias, o sensaciones, olvidables, como él mismo. Patéticamente en el piso, inmóvil, por horas. Esperando la nada. “¿Tengo que comer? ¿Tengo que dormir en la cama? ¿Se darán cuenta en el trabajo que voy el mismo atuendo hace días? ¿Por qué esa chica tan linda no me generó nada?”
Pero ahí estaba la botella rota, pero recuperable. Pero no esa botella. Esa exacta botella nunca más volverá. Las pérdidas sufridas no se pueden deshacer. Un espasmo de ideas y recuerdos aparecieron con esa simple reflexión. Se odió desde la más profunda parte de lo que quedaba de él. De un arrebato se puso en pie subió el volumen del televisor a todo lo que éste le permitía y volvió a desplomarse en el piso. Así era desde que ella murió y aunque no había logrado enmudecerse, por lo menos había alcanzado un estado similar: el de aturdirse. Forjando excelentes murallas entre él y su propia humanidad.
El recorrido de la memoria era la espina sin la roza. De repente, el agua de la botella se encontraba por todos lados, también sobre él. Lo despierta, a pesar del ruido, de la calle, de los gritos, del sonido, podía dormir. “Necesito llorar y no puedo.” Pensó. El agua mojaba su pierna. No le importaba, pero conforme avanzaba el agua por su otra pierna una frase también crecía con fuerza: “La muerte comenzaba a enseñorearse de sus ojos que mucho lo habían visto, y que todo lo querían ver”. Volteó la cara, cerró los ojos, pero no podía cambiar de idea. Enseñorearse, adueñarse de uno. El problema era el agua que actuaba como metáfora.
De pie, ya con el fin de eliminar el causante del mal secó el charco formado, levantó la botella y la mesa. Hasta tuvo tiempo para impresionarse por que el vidrio no se rompió. La idea todavía seguía ahí golpeando. Aún ahí, enseñoreándose de él. Pero él la quería soltar y desechar para que se alejara.
Sin embargo, a pesar de haberse bañado, alimentado y estar recostado en su plácida cama. Todo su cuerpo aún estaba en tensión. Algo flotaba en él. Ya había olvidado lo que quería decir, pero con su mano garabateaba en el aire palabras.
Escribir. Si partimos del vacío, hasta tener algo cualquier cosa es válida. Qué idea demencial y triste. Pero él presentía que había cosas para escribir. Pero odiaba escribir o cualquier palabra que pudiera salir. Sólo una parva de palabras para lloradores. A la segunda hora de insomnio arrasó el escritorio dando el piso con todo lo que estaba ahí y sentado frente a la hoja tomó la lapicera sus manojos de emociones para lanzarse a la tarea.
Papel blanco, puro, totalmente limpio. Sin una marca. Lapicera azul apoyada. Su primera letra fue una “M” cuando estaba por escribir la “a” fruto de su propia ira tomó la hoja y la tiró. Luego de hacer lo mismo una docena de veces, ante la impotencia tomó la lapicera y la rompió. Volteó la vista. Vio las hojas, los añicos de papeles por todos lados y sintió paz. Ahí había también letra muerta. Había encontrado una solución. Las letras y las palabras debían morir olvidadas, desgraciadas y despreciadas. Por inútiles y por necias, pero también por obstinadas en aparecer y por ser su único puente entre el mismo y la muerte que le recordaba el dolor de la pérdida.
Por fin, luego de días pudo conciliar el sueño de manera perfecta. Las pesadillas y los arrebatos aparecieron, pero dormir fue un logro monumental.
La letra dio paso a la palabra, luego a la frase, para seguir con el párrafo y hasta el capítulo. Todos y cada uno destruidos y maniatados sin posibilidad de redimirse. Con una mano escribía y creaba, con la otra destruía y aniquilaba. El equilibrio se mantenía con una absoluta y fría imparcialidad.
“Murió porque el cielo lo quiso” Lo leyó y de su propia sensación de repugnancia tiró la hoja. “Las palabras deben mantenerse altas”, un grito quiebra el silencio que lo circundaba. Mientras tanto, otra nueva pluma era destruida. “Esta pluma, está infectada, la tinta que de aquí sale sólo escribe sentimentalismos. Mi pluma no será la voz de los lloradores.”
Pero, al mismo tiempo de esa pluma sólo salían frases de patéticos lloradores: “¿Por qué? ¿Por qué ella? ¿Por qué nosotros? Yo quería esa foto, yo quería todavía crear historias”. Y Mientras estas frases eran destruidas otra hoja salía y respondía: “Murió porque era una mujer enferma. Y eso es lo que suceden: mueren”. Por un momento miró y releyó. Sonrió. Supo reconocer su descarnada voz ahí. Antes de que esa hoja muera en sus manos junto con las demás.
El transcurso del año era similar la palabra construía un puente que era automáticamente destruido por lo que quedaba del odio. Era necesario matar al recuerdo. Los ojos agresivos, desorbitados. Papel a papel, sendero a sendero, ideas iban siendo eliminadas, día a día. Mes a mes.
Sombrío y arrebatado rostros que asesinaba con mercenario placer. Arrasando la vida de personajes y tramas. Aumentando las pesadillas pero encauzando el odio, ira e impotencia. Logrando que él mismo pueda dormir, sentir hambre, frío, calor y sed. El odio, como muchas veces, lo había humanizado.
Luz tenue, cejas arqueadas mirada severa, la recreación certera de la destrucción de cada hoja. No era una forma del capricho solamente, era la forma en donde él saldaba cuentas con su destino. Al fin y al cabo, si fue ella quién le había dado tantas cosas que le ayudaron a hacer surgir las palabras; su muerte debería desterrarlas a todas. Y si aparecían, entonces, había que eliminarlas.
Una frase, un tiempo, un recuerdo resistiendo a la ciénaga de los miedos y angustias desesperadas. La luz era aún tenue pero las cejas no estaban arqueadas y las pupilas estaban concentradas. Los labios crearon mueca sonriente. Totalmente distinguible. No sabía si era orgullo, alegría y satisfacción. Nosotros sí sabemos que era: era la alegría recuperada. Una alegría menos brillante, pero más cálida y expansiva. Otras de las formas de la alegría.
Abrió el cajón y guardó la hoja. La primera, luego vinieron otras. Pasaron ocho meses. Una hoja había sobrevivido, con palabras, con ideas, con legados, y con los tiempos pasados, que estarán presentes aún. En otros porvenires. Porque, sencillamente, como el cariño, como el amor, como muchos puentes. Esas palabras le parecieron entrañables y no las pudo suprimir.
“La agonía no sepultan la vida, la muerte no obtura las alegrías pasadas. Es cierto, la muerte representa todo lo glorioso que está fuera de nuestro control. Y mientras nos concentramos en la imperecedera e infatigable manía que es vivir vamos siendo testigos de vivencias inmortales: estatuas en la memoria que circundaremos con idolatría.
Todo esto que hagamos vivirá en un tiempo puro. En un tiempo de fe perfecta. Y perdurará el tiempo que latan los corazones de nuestros seres queridos, y los propios. Aunque luego, ellos, como nosotros mismos, como el mismísimo universo, nos apagaremos para siempre. Por lo que resta de la eternidad”
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Lo más hermoso del 10 de mayo es tener la fortuna de ser capaz de celebrar
aún a mi preciosa madre.