La candente tarde en que las flores volvieron a hacer el recorrido hasta la tumba me encontraba acompañado, no sólo de los claveles celestes y blancos para resaltar cierto patriotismo mundialista de la difunta sino también por mi novia. El cementerio simulaba diferencias, pero en definitiva era el mismo.
Un parque con árboles, unos asientos de plaza, algunos vivos recorriendo tumbas, muchos muertos en cada una de ellas. En un lugar particular la tumba que más me inquieta. El niño que tiene sus regalos ya hace 10 años. ¿Cómo puede ser que nadie le tire ese calzado de goma destruido?
A mí, sin embargo, me convoca otra tumba: la de mamá. Algo me llamó la atención en el nombre. Había cambiado. Del nombre de soltera pasaron al de casado. El hecho me enfureció. Luego de tantas discusiones que habían suscitados en los últimos años el asunto de los apellidos, las pertenencias y las placas que vuelva a existir en su tumba el apellido de casada lo consideraba que era una suerte de agravio póstumo. Una falta de respeto a lo que había sido una de sus últimas voluntades. Por lo menos tácitas.
La gente en el pueblo en su confusión habitual lo señaló un conjunto de ideas inconexas que mezclaban religión, misticismo y problemas de magia negra. Lo que no entendían era que no la convocaba el odio al estar casada, sino a la reivindicación de su apellido, su nombre, sus raíces y de ser mujer. Era una de las formas que ella había tenido intentando reivindicar esa diferencia perpetua que la constituye.
Por otro lado, luego de cinco años de enfermedad y seis de muerta la gente tiende a considerar una historia cristalina y pura donde unos se vuelven los buenos y otros los malvados. También era una forma del viudo de poder indicarse e indicarles que esa mujer era “su mujer” y que era, en cierto modo de su propiedad. Más que de los demás. Una de las formas de la vanidad. Esta sólo puede comunicarse con publicidad ostentosa.
Luego de analizar la situación ya me encontraba dispuesto a luchar. Iba demostrarle a papá que antes la placa no estaba como él la había dejado. Anteriormente conseguí pruebas; luego de buscar en cada rincón de mí archivo fotográfico la placa original. Luego de ser encontrada empecé a imaginar formas de encarar la situación al otro día. Se estaba acercando la hora de dormir y mi novia me preguntaba si iba a ir a la cama.
Ya con ella en la cama ella tenía cierta suposición. Ya se encontraba intuyendo que algo estaba tramando. Pero ella seguía intentando diferentes estrategias ridículas para hacerle chistes. Alguna que otra sonrisa me pudo robar. También poco de concentración. Pero ya era tarde, yo estaba sumido en mis pensamientos y había adquirido esa mirada de ojos perdidos que miran al vacío pero que por dentro conviven un conjunto de emociones.
Sin embargo, había tenido un efecto material al unir el tiempo: el de los vivos y el de los muertos. Un poco de amor y un poco de creatividad generan esos momentos que atesoramos. “La vida con ella, no es tapada por la contingencia. Una imaginación atenta produce memorias que uno atesora” pensé y con ello los recuerdos entraron en tropel. Recordé no sólo los proyectos que tenía con ella, sino muchos nombres de muchas personas que quiero.
Recordé porque quiero a los que quiero: hay muchas emociones que todavía él atesoro. De repente, comprendí algo. Esa lucha que estaba por llevar adelante no tenía sentido. Sería desconsiderado pensar que estaba por acometer una lucha sin valor. Tal vez sea valiosa. Sin embargo, había peleas por cosas más importantes.
Consideré que tengo que seguir intentando crear los tesoros que Mamá ya no puede enunciar. La muerte los truncó
Tal vez logre en tesoro lo que ella atesoró y que nosotros atesoramos: algunas lecturas, un poco de escritura, un conjunto de docencias, la obsesión asnal para ser fuerte que necesita la criatura, un manojo de defectos, los siete sonetos medicinales y alguna que otras virtudes. Importante es vivir y afianzar en la vida el cariño de los que queremos. aunque sea en la última lección, con ella muerta.
Lo poético del enojo signaba un derrotero simple, pero no por ello menos doloroso. En el fondo era una forma de sentir que ella estaba viva que existía una luz de algo que ella podía escuchar. Íbamos a discutir sobre el asunto en familia como si ella escuchara. Como cuándo papá me dijo si había presentado a mi novia mamá cuándo fui al cementerio.
Esa indignación trágica fue bella, pero inútil. Cualquier lucha sería fútil, ese lugar al que regularmente llevo flores es sólo un lugar perdido en el medio de un pueblo sin importancia.
A veces noto que algunos recuerdan, y la recuerdan, esa fecha en la que vamos por unos libros en diciembre que genera emociones que cada año atesoro.
Seguramente en la tierra existan personas que posean el amor de los otros. Pero no todos quieren recibir ese conjunto de propiedades. Nosotros, por ejemplo, queremos todos los tesoros y estos no se reciben de regalo, uno intenta movilizar el espíritu en búsqueda de ellos.
Si tenemos éxito y eso que atesoramos lo convertimos en herencia ya habremos olvidado quién lo inventó. El recuerdo perderá nitidez y, de alguna manera, le regalará al dolor un poco de olvido. Otros atesorarán ese momento como muchos, en algunos lados atesoran los momentos que Silvia les dio, a veces, mientras estaba con nosotros rehusándose a ser sólo una propiedad.
A veces tengo suerte, después de todo el recorrido me sigo reuniendo con ese conjunto de emociones y sueños. Alguno podrá preguntarse ¿Porque tu alma se sigue reuniendo con ciertas reminiscencias? Sólo podrá decirse porque ahí tengo algo que atesoro.
Podremos ser el tesoro de alguien, pero nunca una propiedad. Aunque cada día más alejados de ella por nuestras circunstancias, a veces se me escucha decir: la recuerdo. Parecen que mis ojos se llenaron de una curiosa densidad. Es el brillo de un tesoro que me encandila.