Lecciones preliminares de filosofía – Manuel García Morente

Citas sobre el libro de García Morente. Un texto todavía consultado en múltiples carreras. Se encuentra disponible en Este Link

«El esfuerzo sistemático por develar el eterno enigma que hostiga sin cesar la insaciable curiosidad del hombre, constituye la filosofía. Ella no se refiere a cuestiones ajenas a la vida y ante cuya solución, en uno u otro sentido, el hombre pueda permanecer indiferente. Es la vida misma, con sus angustias y esperanzas, que aparece comprometida en la pregunta y arriesgada en la respuesta. Porque los problemas últimos y totales no se limitan a arañar la epidermis: arrastran a nuestro ser y lo penetran íntimamente. De su solución, claramente determinada o apenas entrevista, depende el curso ulterior de nuestra existencia, su felicidad o su desdicha» (Morente, 1980; VII)

«Voy a dar un ejemplo para que se comprenda bien lo que es la «vivencia». El ejemplo no es mío, es de Bergson. Una persona puede estudiar minuciosamente el plano de París; estudiarlo muy bien; notar uno por uno los diferentes nombres de las calles; estudiar sus direcciones, luego puede estudiar los monumentos que hay en cada calle; puede estudiar los planos de esos monumentos; puede repasar las series de las fotografías del Museo del Louvre, una por una. Después de haber estudiado el plano y los monumentos, puede este hombre procurarse una visión de las perspectivas de París, mediante una serie de fotografías tomadas de múltiples puntos de vista. Puede llegar de esa manera a tener una idea regularmente clara, muy clara, clarísima, detalladísima de París. Esta idea podrá ir perfeccionándose cada vez más, conforme los estudios de este hombre sean cada vez más minuciosos; pero siempre será una mera idea. En cambio, veinte minutos de paseo a pie por París, son una vivencia» (Morente, 1980; 2)

«Aquel para quien todo resulta muy natural, para quien todo resulta muy fácil de entender, para quien todo resulta muy obvio, ése no podrá nunca ser filósofo» (Morente, 1980; 18)

«La filosofía es una disciplina rigurosa, tan estrictamente rigurosa y difícil como la ciencia; pero no es ciencia, porque entre ambas hay mucha diferencia de propósito y de método, y entre otros éste: que cada ciencia tiene un objeto delimitado, mientras que, como vimos en la lección anterior, la filosofía se ocupa de cualquier objeto en general» (Morente, 1980; 19)

«Las dos grandes divisiones que podemos hacer en la filosofía son la ontología y la gnoseología, la teoría del ser y la teoría del saber, del conocer» (Morente, 1980; 50)

«¿Qué es el ser? Digo a ustedes que esta pregunta es incontestable. La pregunta exige de nosotros que demos una definición nosotros que demos una definición del ser. Ahora bien: dar una definición de algo supone reducir ese algo en un concepto más general, incluirse algo en un concepto más general todavía que él. ¿Hay un concepto más general que el concepto del ser? ¿Puede hallarse acaso alguna noción en la que quepa el ser, y que, por consiguiente, habría de ser más extensa que el mismo? No la hay» (Morente, 1980; 50/51)

«Definir un concepto consiste en incluir este concepto en otro que sea más extenso, o en otros varios que sean más extensos y que se encuentren, se toquen, precisamente en el punto del concepto que queremos definir» (Morente, 1980; 51)

«Definir un concepto es enumerar una tras otra las múltiples y variadas notas características de ese concepto. Un concepto es tanto más abundante en notas características, cuanto que es menos extenso; pues un concepto reducido necesita más notas definitorias que un concepto muy amplio. Y el concepto más amplio de todos, el concepto de ser, no tiene, en realidad, notas que lo definan. Por eso para definir el ser nos encontraríamos con la dificultad de que no tendríamos que decir de él nada. Hegel, que hace esta misma observación, acaba por identificar por completo el concepto de  «ser» con el concepto de «nada»; por que del ser no podemos predicar nada, del mismo modo que de la nada no podemos decir nada. Y por otra parte del ser lo podemos predicar todo, que equivale exactamente a no predicar nada» (Morente, 1980; 52)

«Nuestra pregunta: ¿Quién es el ser supone, pues, la distinción entre el ser auténtico y el ser inauténtico o falso. O, como decían los griegos, como decía Platón, entre el ser que es y el ser quien no es. Esta distinción es, en efecto, algo que está contenido en la pregunta ¿quién es el ser? Y, ¿Cómo podremos, entonces, descubrir quien es el ser, si son varios los pretendientes a esa dignidad? Pues podremos descubrirlo cuando intentemos aplicar a cada uno de esos pretendientes el criterio de las dos preguntas. Cuando algo se nos presente con la pretensión de ser el «ser», antes de decidir sobre ello deberemos, pues, preguntarle: ¿qué eres? Si podemos disolver ese pretendiente a ser en otra cosa distinta de él es que está compuesto de otros seres que no son él y es reductibles a ellos, y, por consiguiente, quiere decir que ese ser no es un ser auténtico, sino que es un ser compuesto o consistente en otros seres. Y, si en cambio, por mucho que hagamos, no podemos definirlo, no podemos disolverlo, reducirlo a otros seres, entonces ese ser podrá en efecto ostentar con legitimidad la pretensión de ser el ser.» (Morente, 1980; 52/53)

«El ser en otro es un ser inauténtico, es un ser falso, puesto que tan pronto como yo lo examino, me encuentro con su definición, es decir, con que ese ser en otro es esto, lo otro, lo de más allá; es decir, que él no es sino un conjunto de esos seres; que él consiste en otra cosa; y entonces el ser que consiste en otro no puede ser un ser en sí, puesto que consiste en otro. (…) Esto nos conduce a replantear de nuevo nuestros problemas iniciales; pero ahora en una forma completamente distinta. Acabamos de percibir – y ahora lo vamos a exponer con claridad – que la palabra «ser» tiene dos significados. Luego encontraremos, en el curso de estas clases, otros muchos; pero ahora acabamos de vivir una vivencia inmediata dos significados de la palabra «ser»: el uso, el ser en sí; el otro, el ser en otro. Estos dos significados equivalen a estos dos otros: la existencia y la consistencia. La palabra «ser» significa, por una parte, existir, estar ahí. Pero por otra parte significa también consistir, ser esto, ser lo otro» (Morente, 1980; 53)

«Si, pues, yo pregunto: ¿Qué es existir?, tendría que contestar a esa pregunta indicando la consistencia del existir, puesto que todo definir consiste en explicar una consistencia; y definición consiste en la indicación de en qué consiste la cosa. Ahora bien: es claro y evidente que el existir no consiste en nada» (Morente, 1980; 54)

«Los griegos fueron los inventores de eso que se llama filosofía. ¿Por qué? Porque fueron los inventores – en el sentido de la palabra descubrir- los descubridores de la razón, los que descubrieron que con la razón, con el pensamiento racional, se puede hallar lo que las cosas son, se puede averiguar el último fondo de las cosas. Entonces empezaron a hacer uso de intuiciones intelectuales e intuiciones racionales, metódicamente» (Morente, 1980; 60)

«Múltiples cosas me parecen existir. Pero pronto advierto que muchas de ellas tienen una existencia derivada. Existen porque se componen de otras, o porque resultan de otras. Los componentes, los antecedentes, son, pues, anteriores, previos; son los supuestos, los fundamentos» (Morente, 1980; 65)

«Recuerden ustedes la argumentación sutil de Zenon de Elea para demostrar que Aquiles no puede alcanzar a la tortuga. ¿Qué impresión les produjo a ustedes aquel argumento? Les produjo la impresión de que aquello no convence; de que aquello está bien, de que es difícil refutarlo, de que quizá no puede encontrarse otro argumento que oponerlo victoriosamente; pero, que, sin embargo, no convence mucho. Y en verdad que tienen ustedes razón. Tanta razón tienen en no conceder más que admiración pero no crédito a esos argumentos, tan verdad es eso, que los sofistas y los escépticos adoptan, siglos después, a Zenón de Elea como uno de sus grandes maestros. Pero, ¿Qué es lo que falla en esta argumentación de Zenón de Elea? ¿En dónde está la causa de esa desazón que su argumentación produce en nosotros? Es muy sencillo: la causa de está en que Zenón de Elea hace un uso objetivo y real de un principio que no es más que formal; y como hace de ese principio un uso objetivo y real, siendo así que el principio puramente formal, no podemos rebatirlo fácilmente con principios de razón, de argumentación. Pero en cambio la realidad misma resulta contraria a lo que dice Zenon. ¿Y en qué consiste este choque entre la realidad y el principio formal?» (Morente, 1980; 84)

«Las ideas de Platón no son unidades sintéticas de nuestro pensamiento y que nuestro pensamiento imprime a las sensaciones para darles unidad y sustantividad. No, sino que para Platón, lo mismo que para Parménides, las ideas son realidades que existen, las únicas realidades que existen, las únicas existentes, puesto que las cosas que vemos y tocamos son sombras efímeras; son lo que son, indirectamente y por «metaxis» o participación con las ideas» (Morente, 1980; 94)

«Dios es el acto puro, la pura realidad. En Dios no está nada por ser ni está nada siendo, sino que todo es en este instante plenamente, con plenitud de realidad. No podemos, pues, suponer que en Dios haya materia, porque materia es lo que está por ser, a lo sumo lo que está siendo, pero Dios no está por ser ni está siendo, sino que es. Y este ser pleno de la divinidad, de Dios, es para Aristóteles lo que él llama «acto puro», que opone a la potencia, a la posibilidad, al mero posible. Y Dios es la causa primera de todo. Más, ¿Cuál es la actividad de Dios? La actividad de Dios no puede consistir en otra cosa que en pensar, y no puede consistir más que en pensar, porque imaginad que Dios hiciera algo que no fuese pensar: pues este algo no podría ser más que moverse, y él es inmóvil; no podría ser más que sentir, porque sentir es una imperfección y Dios no tiene imperfecciones; no puede tampoco desear, porque el que desea es que le falta algo, y a Dios no le falta nada; no puede apetecer ni querer, porque apetecer y querer suponen el pensamiento de algo que no somos ni tenemos y queremos ser o tener, pero Dios no puede notar que algo le falta en su ser o en su tener. Lo tiene todo y lo es todo. Por consiguiente no puede querer, ni desear, ni emocionarse; no puede más que pensar. Dios es pensamiento puro. Y, ¿qué es lo que Dios piensa? pues ¿qué puede pensar Dios? Dios no puede pensar más que en sí mismo. El pensamiento de Dios no puede enderezarse más que a sí mismo, porque ningún otro objeto más que sí mismo tiene Dios como objeto de pensamiento. ¿Por qué es esto así? Simplemente porque el pensamiento de Dios no puede dirigirse a las osas màs que en tanto en cuanto son productos de él mismo; en tanto en cuanto son sus propios pensamientos realizados por su propia actividad pensante. Así es que no hay otro objeto posible para Dios sino que pensarse a sí mismo» (Morente, 1980; 110)

«El hombre es un ser entre otros muchos de los que constituyen el universo. Pero este ser humano tiene el privilegio sobre los demás seres de tener una chispa de pensamiento, de participar en la inteligencia divina. Por tanto, la finalidad del hombre en el mundo es clara: es realizar su naturaleza, y lo que constituye su naturaleza, lo que distingue al hombre de cualquier otro ser, es el pensamiento. Por consiguiente, el hombre debe pensar. La actividad propia del hombre es pensar; el acto del hombre, el acto humano por excelencia es pensar. No pensará el hombre con la plenitud y la pureza, la grandeza, y la totalidad con que Dios piensa; pero el hombre no es Dios, y por consiguiente su pensamiento es imperfecto, comparado con el de Dios.» (Morente,1980; 126)

«El pensamiento humano, lejos de ser algo que en eternidad y fuera del tiempo subsiste siempre igual a sí mismo, funcionando en las mismas condiciones y capaz de las mismas performances, está radical y esencialmente condicionado por el tiempo y por la historia. El pensamiento humano no da de sí en cualquier momento y en cualquier lugar cualquier cosa; sino nace, surge en una mente concreta, en un hombre de carne y hueso, en un individuo, el cual vive en una época determinada y piensa en un lugar determinado; y ese pensamiento viene condicionado esencialmente por todo el pasado, que presiona sobre la mente en la cual se está destilando» (Morente, 1980; 134)

«El pensamiento moderno es todo lo que se quiera, menos inocente; es todo lo que se quiera, menos espontáneo. Empieza a surgir ya con la idea de precaución y cautela; y esa misma idea de precaución, de no reincidir en los errores del pasado, de evitar esos errores, es lo que imprime una dirección al curso de su desenvolvimiento» (Morente, 1980; 135)

«Cuando Descartes, acomete esa pregunta: ¿quién existe?, ya no son vírgenes, ya no son inocentes, dicen: ¡Cuidado! Y antes de acometer la pregunta de quién existe quieren asegurarse de que no se van a equivocar. Resuelven, pues, primero buscar la manera de no equivocarse; resuelven hacer una investigación previa, preliminar, de propedéutica, que va a consistir en pensar minuciosamente un método que permita evitar el error.» (Morente, 1980; 146)

«Lo que le interesa al pensamiento moderno ahora es la indubitabilidad; es aquello que se afirma tenga una solidez tan grande, que no pueda ser puesto en duda, como ha sucedido con el sistema de Aristóteles» (Morente, 1980; 137)

«Es un nuevo ser el que el idealismo ha descubierto: el ser del pensamiento puro. Este ser del pensamiento puro, ¿en qué consiste? ¿Qué es él? (…) Todo pensamiento, a fuer de fenómeno psíquico, pero muy especialmente todo acto intelectual, consiste en la aprehensión de un objeto. Todo pensamiento es pues, un enderezar la atención de la mente hacia algo. En todo pensamiento como acto y el objeto como contenido de ese acto; el pensamiento que piensa y lo pensado en el pensamiento» (Morente, 1980; 146/147)

«He aquí la nueva existencia, sobre la cual hace presa la actitud idealista. Esa actitud insólita, artificial; esa actitud voluntaria, deliberada, de esfuerzo para resolverse hacia dentro de sí mismo, hace que el idealista descubra como primera realidad, como ente que existe primeramente, el yo pensando» (Morente, 1980; 148)

«La realidad del mundo exterior, que no era problema para el realismo, se convierte en un problema, y de los más graves, para el idealismo. El idealismo ahora, como quiera que ha echado el ancla en el yo pensante, no puede salir del yo pensante para llegar a la realidad de las cosas, sin hacerlo de un modo metódico, cauteloso, y en suma, sin un esfuerzo especial por construir esa misma realidad. Dicho de otra manera: la realidad de las cosas en el realismo es dad; en cambio en el idealismo necesitará ser demostrada, o deducida, o construida. El idealista no tendrá más remedio que deducir, demostrar o construir la realidad del mundo exterior» (Morente, 1980; 150)

«Lo que quiere decir aquí Descartes es que un pensamiento no contiene nunca, en su estructura como pensamiento, ninguna garantía de que el objeto pensado corresponda a una realidad fuera del pensamiento» (Morente, 1980; 152)

«Esa actitud reflexiva que es el idealismo consiste, pues, en detener la marcha espontánea del pensamiento, que aspira a lanzarse sobre las cosas para captarlas, definirlas y volver el pensamiento sobre sí mismo. ¿Y por qué sobre sí mismo? Pues porque el «sí mismo» del pensamiento es lo más inmediato que el pensamiento tiene. Lo más inmediatamente «mismo», e el pensamiento mismo. Por eso la actitud idealista consiste en apartar la vista de las cosas y en posarla sobre el pensamiento de las cosas. Puesto que a las cosas no llegamos sino a través del pensamiento, el pensamiento de ellas nos es más próximo; no ya más próximo, sino que es nosotros mismos pensando» (Morente, 1980; 160)

“Al encerrarse todo el espíritu dentro de su propia prisión, el idealismo no tiene más remedio que anteponer a toda otra cuestión metafísica una serie de reflexiones previas. Esta serie de reflexiones previas son las que hemos encontrado ya en Descartes., cuando se habló de la duda, de la necesidad de dudar del objeto, de la imposibilidad de dudar del pensamiento mismo, de la inmediatez del pensamiento y en cambio de la mediatez del objeto; de que todo pensamiento garantiza mi propia existencia; porque todo pensamiento, además de ser pensamiento de algo es ‘mi’ pensamiento, y por consiguiente, en cualquier pensamiento –ya sea falso o verdadero- estoy yo presente; está presente la realidad existencial de mi propio yo” (Morente, 1980; 161)

“En todas esas reflexiones se trata unas veces del pensamiento como vivencia del yo; del yo como el que vive los pensamientos. Esto es psicología pura. Otras veces se trata del objeto pensado por el pensamiento y de si ese objeto pensado por el pensamiento existe o no existe; de si el pensamiento que lo piensa es verdadero o no es verdadero; de si ese pensamiento, considerado esta vez no como vivencia del yo sino como enunciación de algo, es un pensamiento que se refiere a un objeto real o no se refiere a objeto real ninguno. En este segundo caso son cuestiones de lógica y de ontología las que están propiamente fundidazas en todas estas reflexiones.” (Morente, 1980; 161)

“A este aislamiento de un hecho, de una significación, a este aislamiento de algo, cuyas amarras con el resto de la realidad cortamos, cuyos problemas existenciales dejan de interesarnos; a ese algo entre paréntesis es a lo que llamo ‘fenómeno’. Y entonces la descripción de ese algo, cortadas así las amarras con la realidad, la historicidad, la existencial dad y aún la posibilidad, la descripción de ese algo convertido así en puro fenómeno, la llamo descripción fenomenológica” (Morente, 1980; 165)

“El conocimiento colinda con tres territorios limítrofes. Hay tres territorios colindantes con el conocimiento, que son: la psicología, la lógica y la ontología. En efecto, si el conocimiento es correlación de sujeto objeto, mediando pensamiento, el conocimiento toca al la psicología, porque la psicología trata del sujeto y del pensamiento como vivencia del sujeto. Si el conocimiento es esa correlación de sujeto-objeto  mediando el pensamiento, colinda también con la lógica, porque la lógica trata de los pensamientos como enunciados, como enunciaciones; no en cuantas vivencias, no en cuanto son vivencias de un yo, sino en cuanto son vivencias que enuncian, que dicen algo de un objeto. Las leyes, las regularidades internas de esas enunciaciones, de esos enunciados, de eso que se dice de algo, son las leys de la lógica. La lógica colinda, pues, también con el conocimiento. Pero la ontología también colinda con el conocimiento, porque el conocimiento, como hemos visto, es una correlación de sujeto y objeto; no hay conocimiento sin un objeto que lo sea para un objeto y un objeto que lo sea para un sujeto. Por consiguiente el objeto, lo que es, lo que está ahí para ser conocido y siendo conocido, es lo que estudia la ontología. También, pues, la ontología colinda con el conocimiento” (Morente, 1980; 170)

“El empirismo es el esfuerzo más grande que se conoce en la historia del pensamiento humano para reducir el pensamiento a pura vivencia” (Morente, 1980; 190)

“El conocimiento es una correlación entre un sujeto y un objeto mediante un pensamiento. Los elementos esenciales del conocimiento son el sujeto cognoscente y el objeto conocido, ambos en correlación indisoluble, y esa correlación se sustenta sobre el gozne del pensamiento” (Morente, 1980; 191)

“El empirismo inglés priva al conocimiento de base y de sentido. En efecto, el empirismo elimina del pensamiento lo que tiene de lógico. ¿Y qué es lo que el pensamiento tiene de lógico? Lo que el pensamiento tiene de lógico es lo que el pensamiento tiene de enunciativo, o como puede decirse también, de tético, de tesis, de afirmación o negación de algo” (Morente, 1980; 193)

“Lo que realmente llamamos pensamiento es aquello que la vivencia enuncia” (Morente, 1980; 195)

“El punto de partida de toda filosofía no puede ser otro que la intuición del yo, del alma como substancia pensante” (Morente, 1980; 207)

“El tiempo es el orden de la sucesión de nuestros estados de conciencia” (Morente, 1980; 213)

“La percepción es justamente el acto mismo de tener lo múltiple en lo simple” (Morente, 1980; 215)

“La percepción la distingue perfectamente Leibniz de la apercepción. Leibzniz distingue entre percibir y apercibir. ¿Qué es apercibir? Algo muy sencillo: apercibir es tener conciencia de que se está percibiendo. La apercepción es el saber de la percepción; la percepción que se sabe a sí misma como tal percepción. De modo que Leibniz distingue entre estos dos tipos de actos psíquicos: la apercepción y la percepción.” (Morente, 1980; 217)

“Pues bien; para Kant esa ciencia físico-matemática de la naturaleza se compone de tesis, de afirmaciones, de proposiciones; en donde, en resumidas cuentas, de algo que se dice algo; en donde hay un sujeto del cual se habla, algo del cual se habla, y acerca del cual se emiten afirmaciones, se predican afirmaciones o negaciones; se dice esto, lo otro o lo demás” (Morente, 1980; 234)

“Aumentar nuestro saber, añadir a lo que el sujeto enuncia, algo que no esté comprendido en el concepto del sujeto, algo que comporte acerca de las cosas una real y verdadera afirmación tética de objetividad, algo que tenga un valor objetivo y que no sea simplemente desenvolver lo que está contenido dentro de una idea, eso es propiamente el conocimiento. El conocimiento no es un enunciar sin sentido, o de puras palabras, sino que es una serie de afirmaciones, cada una de las cuales añade positivamente un nuevo saber objetivo, un nuevo conocer objetivo a los que antes habían sido alcanzados.

Esa objetividad, esa realidad del conocimiento, es absolutamente imposible explicarla, si el conocimiento consta únicamente de juicios analíticos. Los juicios analíticos son pura y simplemente formales; son la aplicación constante del principio de identidad” (Morente, 1980: 244)

“Esto se comprueba con el ensayo mental, que Kant nos invita a realizar, y es: que podemos pensar muy bien, concebir muy bien, el tiempo sin acontecimientos, pero no podemos en manera alguna concebir un acontecimiento sin el tiempo (Del mismo modo que al hablar del espacio decíamos que podemos concebir el espacio sin cosas en el, pero no podemos concebir cosa alguna que no esté en el espacio)” (Morente, 1980; 265)

“El tiempo es el cauce previo de nuestras vivencias” (Morente, 1980; 266)

“¿Qué diferencia hay entre el sujeto cognoscente y el yo? El yo es la unidad puramente vital de nuestro ser, de nosotros mismos; pero cuando el yo se convierte en sujeto cognoscente, ese acto de convertirse en sujeto cognoscente consiste en proponerse un objeto a conocer. Y ese “proponerse un objeto a conocer” no consiste en otras cosa sino en prestar, en imprimir en las cosas a conocer las categorías del ser, de la sustancia, de la causalidad, etc.” (Morente, 1980; 289)

“Por eso el conocimiento no puede ser nunca conocimiento de las cosas ‘en sí’ mismas. Tiene que ser conocimiento de las cosas, en cuanto que han sido convertidas en objeto de conocimiento. Las cosas en sí mismas serían las cosas de contradicción, una especie de contradicción en querer conocer, sin someterse a las condiciones de toda objetividad en general” (Morente, 1980; 293)

“El acontecer es, precisamente, que todo lo que existe empieza a existir en un momento y cesa de existir en otro momento. Si el universo es, pues, algo que existe, algo real, que está ahí, tiene que haber empezado a existir en un momento del tiempo y cesar de existir en otro momento del tiempo. Y, por otra parte, tampoco puede ser infinito en el espacio, sino que tiene que tener un límite” (Morente, 1980; 300)

“Los calificativos morales no pueden predicarse de las cosas, que son indiferentes al bien y al mal; sólo pueden predicarse del hombre, de la persona humana. Lo único que es verdaderamente digno de ser llamado bueno o malo es el hombre, la persona humana. Las demás cosas que no son el hombre, como los animales, los objetos, son lo que son, pero no son ni buenos ni malos.

Y, ¿por qué es el hombre el único ser, del cual puede, en rigor, predicarse la bondad o maldad moral? Pues porque el hombre verifica actos y en la verificación de esos actos el hombre hace algo, estatuye una acción; y en esa acción podemos distinguir dos elementos: lo que el hombre hace efectivamente y lo que quiere hacer” (Morente, 1980; 311)

“La voluntad es autónoma cuando ella se da a sí misma su propia ley; es heterónoma cuando recibe pasivamente la ley de algo o de alguien que no sea ella misma” (Morente, 1980; 314)

“Lo real es racional y lo racional es real; porque no hay posición real que no tenga su justificación, como no hay tampoco posición racional que no esté, o haya de estar en lo futuro realizada” (Morente, 1980; 335)

“Mi vida fluye en ele tiempo, cambia en el tiempo, en unos días esto, otros días lo otro; y sobre todo, mi vida es propiamente lo que todavía no es. Mi vida, propiamente, es lo que va a ser; mi vida, propiamente, está por ser” (Morente, 1980; 350)

“Los hombres pueden intuir tales valores o no intuirlos; ser ciegos o clarividentes para ellos; pero el hecho de que haya una relatividad histórica  en el hombre y en sus actos de percepción y de intuición de valores, no nos autoriza en modo alguno a trasladar esa relatividad histórica del hombre a los valores, y decir que porque el hombres es él relativo, relativo históricamente, lo sean también los valores. Lo que pasa, es que hay épocas que no tienen posibilidad de percibir ciertos valores; pero esos valores, cuando las épocas siguientes que  vienen, los perciben, no quiere decir que de pronto al percibirlos los crean, sino que estaban ahí, de un modo que no voy ahora a definir, y que esos valores que estaban ahí, son, en un momento de la historia, percibidos o intuidos por esas épocas históricas y por esos hombres descubridores de valores” (Morente; 1980; 378)

“Mi vida no transcurre en otra cosa, sino que todas las cosas transcurren en mi vida” (Morente, 1980; 387)

“Vivir uno no es solamente existir (que ya le interesa a uno mucho); además, vivir es vivir de cierta manera. Y hay veces en la historia en que el interés por esa cierta manera de vivir es tan grande, que encontramos episodios históricos, de pueblos, hombres, colectividades o individuos, que prefieren morir a vivir de otra manera que como quieren vivir” (Morente, 1980; 394/395)

“Para vivir libres, para vivir libremente, para ser libres viviendo, tenemos necesariamente que hacernos esa libertad, puesto que la vida es un quehacer. Es decir, que la libertad, en el seno de la vida, coexiste hermanada con al necesidad; es libertad necesaria” (Morente, 1980; 396)

“La vida, tan pronto como ha sido, deja de ser. LA vida es propiamente esa anticipación, ese afán de querer ser; esa anticipación del futuro, esa preocupación  que hace que el futuro sea, él, el germen  del presente. No como el tiempo astronómico, donde el presente es el resultado del pasado. El pasado es el germen del presente en el tiempo astronómico, que está ‘en’ ña vida; pero el tiempo vital, el tiempo existencial en que la vida consiste, es un tiempo en donde lo que va a ser está antes de lo que es; lo que va a ser trae lo que es” (Morente, 1980; 398)

Te puede interesar