Una dejadez de conciencia atravesó su mente. Mirando alrededor ella estaba atiborrada de ideas, sensaciones, teoremas y fórmulas. El sutil toque de codo le hizo retomar el punto: ambos existían en esa habitación.
Juntos con los invitados. Pero, de todas formas, existía la lejanía entre ellos. No la simple separación física de dos metros que en ese momento existía sino todo el mundo de distancias que podían percibir. Era otro tipo de distancia.
No había odio. Esa oposición de las pasiones. Aunque sea les hubiese regalado el conflicto que los mantendría unidos por un nudo terso y maleable. Estaban siendo atacados por la silenciosa indiferencia.
Y, aunque cultores de la gran ciudad estaban entre ellos. Ese convite le era extrañamente familiar, con un aroma de pueblo particular. El encuentro laboral luego del trabajo era una pequeña porción de pueblo. Hablan, pero de los otros: los pequeños terrones de azúcar que endulzan esas tediosas charlas.
Me gustaría ser esa cigarra pensó, saltando de flor en flor. En su mundo.