Los hijos más lindos y perfectos del mundo

Jazmín llevaba la rebeldía a flor de piel desde su adolescencia, una llama que ardía en su corazón y la llevaba a proclamar, sin dudar: «Yo no voy a tener hijos». A su lado, en la casa contigua, Juan repetía las mismas palabras. Una generación entera comenzaba así una rebelión silenciosa, un nuevo tipo de disidencia contra los padres: esos adultos de entre cuarenta y sesenta años que alguna vez también fueron jóvenes revolucionarios. Para ellos, este era su propio «Rock and Roll», igual que para sus padres lo fue el movimiento hippie o, para sus tíos, el punk. Sin embargo, algunos amigos, hermanos y primos optaban por la inacción como acto de resistencia, esperando el momento exacto para lanzar la frase certera: “Cambiaste”, justo cuando el cambio se volviera inevitable.

Los padres, a su manera, lo intentaron todo para criar hijos impecables, sin grietas ni sombras. Pero en ese esfuerzo también fallaron; legaron al mundo adultos rotos, cubiertos de fisuras invisibles. Muchos de esos jóvenes crecieron, iniciaron estudios y carreras, creyéndose eternamente jóvenes e invulnerables. Quizá, si alguien les hubiera puesto un verso de Benedetti o de Juan Ramón Jiménez entre las manos, habrían empezado a dudar. O tal vez una frase de Dalí —»El problema de la juventud es que no formo parte de ella»— les habría dado una perspectiva más lúcida. Pero esos consejos venían de adultos que apenas leían, transformándose en advertencias huecas, lanzadas a una juventud que se sentía inmortal.

Así, los nuevos adultos, atrapados por el ideal de perfección, fueron perdiendo el rumbo. Para muchos, sobre todo mujeres, el sacrificio de tener hijos se convirtió en un temor profundo. La «paternidad compartida» sonaba bien en teoría, pero solía desvanecerse después de las primeras noches sin dormir. La vida comenzó a parecerse demasiado a esas fotos familiares donde todos sonríen con rigidez, ocultando grietas detrás de sonrisas ensayadas. Y entonces, inevitablemente, alguien decía: “Has cambiado”.

El tiempo pasó, y el lago de la juventud se transformó en un océano de responsabilidades. Aquellos jóvenes de ayer se volvieron adultos, y repetían con orgullo: «Seguimos siendo jóvenes». Pero las nuevas generaciones los miraban con desconfianza. La juventud tenía un gran problema: ellos ya no formaban parte de ella.

En medio de todo, quedaron los que no tuvieron hijos. Los que sí los tuvieron, se apresuraban a exhibir la perfección de sus crías, bombardeando a todos con fotos, videos y anécdotas, como si mostraran medallas. Los demás solo sonreían, a veces con ternura, a veces con cansancio, mientras borraban las imágenes de sus teléfonos, hartos de una perfección que siempre había sido solo un cuento.

Te puede interesar