Al principio, estaba ella. Ella vivía rodeada de ellos, les sonreía en las noches y a veces al amanecer. Sonreía de lado, a veces de espaldas, y ellos le respondían con la misma alegría. Aunque intuían la existencia de otros, no sabían realmente quiénes eran. Ella tampoco. Solo podía presentirlo porque, como todos, era una persona de su mundo.
Era capaz de responder muchas preguntas, siempre que las entendiera, porque solo comprendemos aquellas preguntas que podemos responder, recitaría algún letrado. Pero este asunto, en particular, no era de ella.
Entonces apareció él entre ellos, un poco intrusivo y algo despistado. Pero a ella no parecía importarle. A veces hacía alguna petición extraña, pedía un café cuando debería irse, lanzaba pocas propuestas concretas y muchas palabras que desconcertaban. Un poco secreto, un poco de esto y aquello. Similar a ellos, pero distinto. Intrusivo, aunque sin entrometerse realmente.
Parecía que nada le importaba demasiado. Con el tiempo, ella descubrió por qué: él iba por la vida a su manera y decía: “Pero yo me amo”. A ella le caía en gracia.
De repente el tiempo que antes transcurría entre cada encuentro se fue acortando. Todo era más seguido. Se fueron eliminando los espacios para ellos y cada día pasaba más tiempo con él. Ella estaba más feliz. A él le pasaba lo mismo, porque también era del mundo y de su mundo.
Acusó un día su intención de que no puede haber ni aquellos, ni aquellas. Él se quejó de la moralidad de tamaña digresión, pero sostuvo que era un problema logístico. En las actividades en las cuál él se daba amor no podía perder tanto tiempo en aquellas. Maldito, pensó. Pero sostuvo no hacerse problemas.
Entonces él sostuvo que era un gran momento para tener nuevas aventuras. Pasó un día, luego dos, tres, cuatro. Ella dejó de contar en algún momento, tampoco le importó. Aventuraba algunos planes de aquí de allá. Cosas cotidianas y tontas. No era el atardecer paradisíaco, ni la torre Eiffel.
Era un chiste a la vuelta del trabajo, papel picado algún miércoles, o incluso flores de manera aleatoria.
Incluso, a veces empezó a sentir nostalgia de tiempos felices que no volverán. Pero él decía: el próximo evento vendrá y eses aún más nos sorprenderá. Ella declaró cosas impronunciables e irrepetibles, como “amor de la vida”. Él dijo “es mucha responsabilidad ser el amor de toda una vida”.
Ella insistía, él se reía. Pero un día llegó él. Increíble y mágicamente, apareció él.
Ahora sí, alguien de peso llegó a reclamar su título de ser Él. Quién había ostentado el título previamente le decía “ahora sí. Aquí está el amor de tu vida”.
Secretamente fue descubriendo la verdad. Aunque lo mire todos los días y no tenga nada que decirle ella se aventura y lo inventa. Lo inventa para sólo para él. El reflejo de su sonrisa que alimenta el mundo. Ella sabe que nunca se queda sin ternura para él. Ella quiere sentirlo cerca.
Ella quiere decirle muchas cosas, quizá. Entre todo lo más importante que se le puede decir: de alguna manera que nunca está vacía de él; ni por un momento, no por un instante, ni por un solo segundo y será así hasta el fin de los tiempos, yo todavía después.
De repente, volvió a pensar. Apareció nuevamente un ellos. Ella sonrió; pero diferente, desde lo más profundo de su alma nación esta nueva sonrisa.
A ellos los llamó a partir de ahora: su familia.