¿Por qué te asalta el llanto?

Un mes había pasado desde que había visto por última vez a mi padre. Esta era la primera vez que venía sin ella: sin mamá. Y, aunque el departamento era suyo él poseía, y posee, 

al igual que yo, el pudor para comprender que, en cierto modo. Estaba de huésped. 

Cuando nos estábamos despidiendo papá entre lágrimas trató de decir algo coherente y lanzó a los aires la palabra de que él intentaba “llenar el vacío”. Recibió, como era de costumbre, la respuesta seca que sólo podía ser una: 

  • Vos sos otra cosa. Mi padre. 
  • “Mi madre está muerta. Ya nadie ni nada ocupa su lugar” 

Pero, a llegar a nuestro pueblo natal, el sintió la irrefrenable necesidad de ir a la tumba, de ir al cementerio. ¿Por qué? quizá él tampoco lo sabía. 

Pero mientras ingresaba me llamó, quería decirme algo, pero no pudo. O tal vez sí. Con voz quebrantada se limitó a balbucear un “Te quiero mucho” habíamos hablado un poco que había llegado bien. 

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