La legendaria Naranja

Altamirano se hallaba bajo el abrasador sol del verano, decidido a alcanzar una naranja que pendía en la punta más distante de un árbol. Sus familiares, sin embargo, le sugirieron con insistencia que se conformara con una más accesible. Después de todo, Matilda había recogido varias naranjas por la mañana, ya a su alcance. Jugosas y carnosas dispuestas a ser comidas. 

¿Por qué emprender tal empresa en medio del caluroso clima estival? Altamirano persistía en su objetivo. La naranja era claramente visible, destacándose entre el cable eléctrico a pocos centímetros. Al lado, una enredadera que había conquistado la rama desde hace años. 

Despertando de la somnolencia de la siesta y desafiando el agobiante clima, Altamirano convocó a la acción su reciente determinación. La locura estaba en marcha. A lo lejos, sus familiares intentaban persuadirlo de reconsiderar. ¿Esa naranja, un deseo tan absurdo? No era la naranja más dulce del árbol, eso se notaba desde la distancia. 

Ante su propia ignorancia sobre cómo proceder, Altamirano buscó ayuda en el vecino. Volvieron con una escalera, pero la distancia seguía siendo un obstáculo. Mientras Altamirano seguía dando vueltas, su familia poco a poco lo dejó a su suerte. Yo observaba maravillado cómo Altamirano persistía en su empeño ante tan absurda meta. 

Oscar, uno de los más audaces del grupo, propuso lanzar algo para alcanzar la naranja. Altamirano respondió que no encontraría gracia si todo se reducía a cuestión de puntería. «Para eso comeremos la canasta», agregó con un toque de humor. 

A medida que unas diez personas debatían sobre cómo bajar la naranja, la noche descendía y el grupo naranjista se desvanecía. Altamirano gritaba que esperaba a los valientes que respondían al desafío de la hazaña. «Que aparezcan mañana», proclamaba. 

A la mañana siguiente, casi todos estaban allí, considerando cómo abordar el asunto de la naranja. Sin embargo, la razón detrás de su empeño inicial se había desvanecido en la oscuridad de la noche. Solo recuerdo que esa noche no pude dormir, pues el árbol se erguía justo afuera de mi habitación. Esperaba que no se derrumbara. Temprano por la mañana, estaba allí, expectante, aunque no participante. 

Algunos trajeron listas de ideas, escaleras e incluso una camioneta. Finalmente, la idea más convincente fue convencer al hijo de Roberto de prestarles el camión de bomberos. La misión: conducirlo hasta el patio y permitir que algunos subieran a buscar la famosa naranja. En fila, el grupo naranjista avanzó hacia la casa del hijo de Roberto, quien aún dormía a las 8 de la mañana del domingo. Después de despertarlo y sobornarlo con medialunas, Roberto rechazó la idea por su imprudencia, aunque sugirió la opción de encontrar un camión y una escalera. 

Convencidos de la necesidad de obtener un camión, se encaminaron hacia el comienzo del pueblo, aunque resultó innecesario. Daniel ofreció su camión para el proyecto. Así, a las 10 de la mañana del domingo 11 de agosto de 2054, las seis personas restantes del grupo original llegaron a mi casa con un camión que atravesaba media cuadra. Previamente habían retirado tomates, autos y todas las plantas de la quinta. Altamirano estaba a punto de subir la escalera, apoyada cuidadosamente en el techo del camión, cuando me miró de repente y pronunció: «El ingenuo es aquel que se tiñe de cualquier color fácilmente, no el que persigue proyectos inocentes». Con éxito, desprendió la naranja. 

¿Por qué no se colgó del árbol Altamirano? La respuesta es simple. Mi abuelo tenía ya 67 años; era peculiar pero no insensato. Al partir en dos la naranja y ver que estaba podrida, todos estallaron en risas, excepto mi abuela, quien afirmaba que apreciaba esa singularidad, ya que sacudía la monotonía y se convertía en un escalón hacia la eternización de las rutinas. Acto seguido nos decía alguna anécdota ridícula: ramos de albahaca, roturas de elementos varios y muchos más. Nunca llegó a repetirse. 

Desde la niñez, mi abuelo siempre sostenía con alguna frase que hablaba sobre la felicidad la pequeña sospecha llamada amor y volver inmortal los olvidables momentos cotidianos.  

Aún recuerdo la naranja legendaria, le llevó dos días alcanzarla con la ayuda de escaleras, vecinos, bomberos, camiones y las intrépidas aventuras familiares. Incluso tuvimos que retrasar el almuerzo por esa naranja. Él y su empeño por convertir lo cotidiano en algo extraordinario continúan asombrándome. 

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