Murió.
Callaron libros y literaturas.
No comentamos atrocidades de
Algunas escrituras.
No hablé más de poesía ni de prosa redentora.
Murió.
Empecé a hablar de amor con mujeres
En olvidables noches que finalizaban en simples placeres.
Por miedo a que alguna, descubra fragilidad;
más allá de la frivolidad,
En íntimos amaneceres.
Murió.
Las agonías de las enfermedades
Volvieron al espejismo fantasmal olvidable
Abandonando, por fin, nuestras opresoras realidades.
Murió.
Perdí las charlas de las letras,
Tal vez, ahora, sólo me quede intentar ser poeta.
Murió.
Mi biblioteca se colmó de herencias:
Joyce, Dickinson, Cortázar, Kafka, Lainez
También se agrandó Borges y la gauchesca
Las que eran palabras y vocablos,
Se convirtieron en comunes letras.
En desprolijos trazos,
En presionadas teclas.
Murió.
La empecé a soñar leyendo
hojas de libros dilatados.
Espero que también haber habitado
Sueños compartidos.
De repente tomó un libro: era mío
“Tal vez sea literatura” respondió,
Desperté. No pude arrojar el sueño al olvido.