Algún muerto terminal atípico

Toda la familia colapsó ante la noticia de su inminente muerte. Los crepúsculos se hicieron menos prometedores y la oscuridad más inminente que la habitual. Aunque sólo sea un instante, es el instante propio. Aunque nada sea comparado con las estrellas.  

Moriré, pensaba para. Sí, he tenido vida. No hay nada que reprocharle a este instante de tiempo llamado vida, tal vez me hubiese gustado comer más asado a mis 37 años, y también que mi abuelo haya vivido, por lo menos cinco añitos más.  

Sólo un pequeño capricho. Pero, habida cuenta de que me he deleitado en vida, no hay mucho de que quejarse. De todos modos, no quiero morir. ¿Quién querría? 

Cuando uno está muriendo se pone patético, piensa y reflexiona más de lo habitual.  

Para esos patetismos están los filósofos y literatos que desparraman mares de tinta para decir cosas sin sentido.  

Morir abate mis esperanzas, coherentemente con el aumento de mi malestar físico. Cuando oí el veredicto de la boca del médico no me enmudecí, no afloraron emociones intensas. Consideré que la muerte era un hecho que estaba consumado. Su diacronía es lo que hace parecerla rara, dura, e incomprensible. La certeza de la muerte inmediata era lo complejo de asimilar.  

En realidad, no es la muerte la que viene, sino la enfermedad. La enfermedad arrebata a la vida su brillo haciéndola opaca, hasta oscurecerla. ¡Pobre muerte!, pensé. Tan culpable de algo que ella no provoca. 

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