Cuando todos se encuentran brindando, haciendo sus balances o deseándose un buen comienzo para el 2017 yo podré pensar una y sólo una cosa: 2016 es el último año de mi vida que habré de compartir con mi madre.
Mucho más allá de los bienes materiales; aproximadamente 1000 libros son míos ahora. La herencia y legado que en cierto modo nos une, íntima y temporalmente. Hasta que lo olvide.
Qué sea feliz fue su principal palabra este año, que viva mi vida el último comentario que me dijo.
Quizá parece que los cuentos a veces no se equivocan. Esos que uno lee cuando es chico, de esos que uno discute cuándo adolescente, de esos que uno retoma ya en la vejez. También están entre esos 1000 libros. Eran de ella. Ahora son míos. Yo los quería, pero no de esta manera.
Las últimas horas del año que cierran 30 años en compañía de alguien que tuvo como principal objetivo que yo sea muchas cosas. Tal vez todas, tal vez ninguna. El último año de lo bueno y lo malo que esta relación tenía. Tan madre en sus virtudes y sus defectos.
Y cuando recorro, a veces entre lágrimas, a veces sonriendo, a veces nostálgico, sus hojas bordadas en pluma a mano alzada se anuda mi pecho, la emoción me embarga. Cómo aquel día, en que recuerdo su mirada. Tal vez moribunda, pero aún no apagada.