Luego, o antes, de «Cómo enseñar a redactar» según indiquen las cronologías. Se encuentra “Cómo aprender a Redactar”. Quizá nos parezca que es un imperativo de lectura para los tiempos que correr en donde los caracteres no deben superar las cinco centenas. Tal vez pensemos que es una simple obsesión de otro fanático pro la gramática. Pero no es así, primero porque la temática del libro es la redacción y no la gramática. Y por el otro, porque su fin no es tan estricto ni estridente. Es un libro que habla de cariño a la redacción y por lo tanto nos ayuda y acompaña a interpretar la redacción.
Originalmente un libro pensado para alumnos de etapa primaria yo lo daría a leer eventualmente a lo largo de una vida. Sea esta literaria o no.
Una de las respuestas típicas que salen a la luz es: su tiempo para la lectura y comprensión no es un mero hecho gramatical. Es un momento donde tratamos y buscamos la réplica de lo escrito absorbiendo la inspiración de los otros escritores que se nos muestran y de los diferentes desafíos que vamos transitando.
Entre tanta presunción de enseñanza en lo que respecta a la redacción aparece Camilli para recordarnos que la redacción está motivada por preguntas cruciales, divertidas y necesarias: la vida, el hombre, el hábitat (no sólo figuras, tropos, metáforas y sinécdoques) y cómo se escribe sobre ello. Los momentos y testimonios de la vida y de las vidas que nos circundan.
Sin darnos cuenta nos vamos entrometiendo en las letras de otro, con gran justicia, para redactar. Ustedes, yo, nosotros y ellos.
Porque Camilli sabe encontrar eso y plasmarlo en su libro para que el “duende que acude cuando vas por la calle” esté ahí en ese libro.
Lean el libro de Camilli, señor, señorito, señora, señorita. Redactar no salvará el mundo, pero el mundo no se salvará si no está bellamente redactado.