Descartes – El discurso del método


Advertencia

El «Discurso del Método» de Descartes, publicado en 1637, consta de seis partes principales que abarcan consideraciones sobre las ciencias, reglas del método, reglas de la moral, pruebas de la existencia de Dios y el alma, cuestiones de física y reflexiones sobre el más allá.

Introducción

Descartes se sitúa entre la estética naturalista del Renacimiento y las tensiones teológicas medievales. Su obra refleja influencias de diversos pensadores:

  • León Bautista Alberti: Interpretación económica del tiempo como transformación en trabajo y producción.
  • Maquiavelo: Planteamiento de un arte y una ciencia para gobernar basados en la razón de Estado.
  • Bodin: Teoría de la soberanía nacional absoluta identificada con una voluntad unitaria real (puesta en práctica por Richelieu).
  • Montaigne: Autonomía moral del hombre y resonancia estoica del valor de la verdad.

Para Descartes, el hombre, como «res extensa», pertenece al mecanismo de la naturaleza; como «res cogitans», corresponde al orden humano. La esencia del hombre es metafísica, reconociendo dos supuestos en el compuesto humano: el cuerpo y el alma.

La vida no se presenta como una lucha entre dos potencias hostiles, sino como un ajuste rítmico de las funciones del mecanismo humano, guiadas por la razón. No hay una dualidad de vida, sino una existencia ermitaña.

El hombre cartesiano construye su vida sin una existencia trascendente, edifica su mundo sin el aporte de Dios, la tradición o la historia. Es un ser autónomo, capaz de crear su destino, con responsabilidad sobre su existencia cotidiana.

«Hacernos dueños» (Discurso IV) Este postulado encierra el sueño del hombre moderno, cuya máxima categoría es el hacer. El poder del hombre sobre la naturaleza implica una unión entre pensamiento y acción, creando ciencia, postulando moral y orientando política.

El hombre cartesiano es pasivo ante el corpus social y no puede postular un cambio voluntariamente, pues las imperfecciones de los cuerpos políticos son más soportables que los cambios. Su reforma solo puede venir de arriba, sabia y paulatinamente.

El hombre cartesiano no debe abandonar voluntariamente su vida, ya que su obra y su destino son suyas.

Primera parte

«El buen sentido es lo que mejor está repartido entre todo el mundo, pues cada uno cree estar tan bien provisto que aún aquellos que son los más difíciles de contentar respecto a cualquier cosa, no acostumbran a desear más de lo que ya tienen».

«No basta tener buen ingenio, sino lo principal es aplicarlo bien».

Cuarta parte

El alma es la naturaleza que es solo pensar. Para Descartes, los fenómenos vitales que no sean del pensamiento pueden explicarse mecánicamente.

Diferencias entre el hombre y la máquina:

  1. Jamás podrían usarse palabras para componerlas y transmitir sus pensamientos.
  2. Aunque hiciesen muchas cosas mejor que nosotros, infaliblemente fallarían en otras.

Reglas para la dirección del espíritu

I. El fin del estudio debe ser formar juicios sólidos y verdaderos. Las ciencias están relacionadas de tal manera que es más fácil aprenderlas todas que separarlas. II. Debemos ocuparnos de los objetos que nuestro espíritu adquiere de manera cierta e indudable, como la geometría y la aritmética. III. Es preciso buscar en el objeto lo que podemos ver claramente y deducir de manera cierta. IV. Necesidad de un método en la indagación de la verdad.

Estas reglas deben observarse rigurosamente para evitar admitir lo falso y alcanzar gradualmente el conocimiento de todas las cosas.

V. Es necesario reducir las proposiciones confusas a otras más simples para luego, partiendo de estas últimas, llegar al conocimiento de las demás.

VI. Para distinguir las cosas más simples de las que están encubiertas, es preciso reconocer en cada serie de objetos cuál es la cosa más sencilla.

VII. Para completar el saber, el pensamiento debe recorrer todos los objetos relacionados con el fin que se quiere alcanzar y luego reunirlos en una enumeración metódica.

VIII. Si en la serie de cuestiones se presenta alguna que el espíritu no pueda comprender, es necesario detenerse en ella.

IX. Es necesario dirigir las fuerzas del espíritu hacia las cosas más fáciles y de menor importancia, ejercitándolas en la intuición y la deducción.

X. Para que el espíritu adquiera sagacidad, es preciso ejercitarlo.

XI. Después de entender algunas proposiciones simples, es útil recorrerlas sin interrumpir el pensamiento, reflexionando sobre sus relaciones.

XII. No se debe omitir ninguno de los elementos que el hombre posee (inteligencia, imaginación, sentidos y memoria) para tener una intuición distinta de las proposiciones simples.

XIII. Cuando se comprende perfectamente una cuestión, es necesario abstraerla de concepciones superfluas y reducirla a sus elementos más simples, subdividiéndola lo más posible.

XIV. La misma regla debe aplicarse a la extensión real de los cuerpos, representándola con figuras claras para que el entendimiento las comprenda mejor.

XV. A menudo es bueno trazar las figuras y presentarlas a los sentidos para mantener más fácilmente atento el espíritu.

XVI. Cuando las dimensiones no exigen la atención inmediata del espíritu, es útil designarlas con trazos breves para que la memoria no falle y el pensamiento no se distraiga.

XVII. Es necesario revisar la dificultad propuesta directamente, sin considerar si algunos términos son conocidos o desconocidos, siguiendo la verdadera ruta.

XVIII. Para esto, bastan cuatro operaciones: adición, sustracción, multiplicación y división.

Estas reglas, observadas rigurosamente, conducen al conocimiento seguro y verdadero. La ciencia matemática es fundamental en este método, ya que abarca todos los objetos y facilita la comprensión de las demás ciencias.

Descartes considera que las cosas simples son conocidas por la intuición evidente y la deducción necesaria, y que las cosas compuestas son conocidas por la experiencia o por la composición que hacemos nosotros mismos.

Finalmente, señala que solo hay dos vías para llegar a un conocimiento cierto de la verdad: la intuición evidente y la deducción necesaria.

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