Receta para las cookies inolvidables

Hay veces que mientras tomo un mate percibo un gusto. Atento espero y lo miro uno segundos: “que parecido es este a los que cebaba mi mamá” pienso. A veces, se ponían feos y lavados, pero los tomábamos igual con un amigo declarábamos: “¡Mate de madre!”.  

Pasa con otras cosas y con otros momentos, nunca volví a disfrutar un choripán como aquello que antaño comía en el club mientras estaba con mi abuelo. Las empanadas descongeladas, o pizzas robadas de la heladera de mi tío no tenían el mismo gusto que el de la casa de mi amiga, el chocolate de la abuela, los panqueques y podría seguir un largo rato. A veces, la excusa culinaria es el punto de partida para acordarme de ellos. Por unos instantes recuperan su eternidad en el caso de los que murieron y acortan las distancias los que se fueron. 

Resurrección y migración. Podrían ser aves vuelven migrantes que vuelven por la religiosidad de los actos cotidianos. En el instante que aparecen resuenan durante el día. Acompañan también mis sonrisas si estoy alegre, recuerdo sus estúpidos comentarios si estoy enojado. Un porción y parte de la vida. 

Mientras tanto pasaban mis prácticas de galletas y chocolates. Un poco de harina por aquí, chocolate por allá. No es tan fácil como parece. Especialmente ante el hecho de que existen diferentes tipos de chocolates. Pero lo pude hacer. Yo quería hacer cookies. Mi perplejidad se sumaba a la de los demás que trataban de entender por qué hacía eso. Yo también trataba de entender ¿por qué? La respuesta fácil: porque voy a ser padre. Sin hijo no hay cocina como sin mi mujer no habrá limpieza.  

Si algo de eso se termina, volveré nuevamente al estilo de vida pre-familiar: ensaladas, bifes, fruta, yogurt, cereal y trastos en la bacha hasta quedarme sin cuchara. Un recorrido, que me sienta bien y me es apacible. 

Yo también formo parte de la legión de voces que truenan en favor de su consentimiento unánime cuando me dicen que puedo comprar el paquete de galletitas ya hechas. Un simple snack y darle a mi hijo, como primera idea, una rica galletita. Pero prefiero el embuste. Quizá el primer engaño del padre, el más grande. El recibirá algo parecido, pero no igual, sospechará. Mirará, y en algún momento objetará: “Estas no son iguales que las de mi amigo/amiga”. En ese momento lo miraré a los ojos y sabré que le diré. Lo anotaré para mi propia posteridad. 

Tal vez lo pueda sospechar, porque nos verá cocinando alguna galleta o chocolate. Tal vez incluso le pueda hasta gusta, e incluso lo pueda decir hasta orgulloso ante un hijo cuyos padres no disponen del tiempo, o ganas para hacerlo. Recibiendo el propio desquite del niño agredido. El vendrá, como buen justo y comentará que “no hizo nada, pero le tiró las galletitas”. Trataremos de ayudarlo siguiendo el papel de padres. Un poco reiré para mis adentros. Esto es porque claro y evidente para uno. Nunca es lo mismo para los semejantes. 

Tal vez incluso discuta de esta estafa que como padre estoy tratando de llevar a cabo. Incluso discutirá con su madre tratando de convencer sobre por qué no puede llevar las galletas y chocolates de paquete al colegio. Y obtendrá algunas victorias. Tal vez incluso le guste más y declare en pie de guerra que son más deliciosas, lo que puede ser posible. Nosotros secretamente le quitamos un poco de azúcar y chocolate.  

Lo que no sabrá es que esto empezó en algún lugar del 2024. No que es eterno como todas las cosas de los padres y las madres. Ellos siempre fueron así, gordos los gordos, pelados los calvos y fumadoras las que fuman. No es que la cuestión empezó en algún lugar de sus vidas cuándo ellos también estaban discutiendo con quienes eran sus padres, mientras tomaban mate, comían galletas, probaban choripanes u otras cosas. 

La historia de las galletas algún día será la última vez. Nosotros, si es que él nos sobrevive, habremos de ser resucitados por ese momento. Para que sepa, que no era solo rebeldía y convicción, sino que también queríamos que se lleve un recuerdo de nosotros, uno que pueda encontrar casi en todas partes. Una simple galleta, o un pequeño chocolate. 

Para esa entonces, el habrá desenmascarado una de nuestras verdades. Podrá decir si hemos logrado que descubra maravillas impensadas por nuestros seres queridos, quienes fueron los primeros en especular sobre la naturaleza de nuestro cariño, mientras errantes compartían algo que les gustaba. En nuestro caso tal vez chocolate o galletas.  

Es posible que hayamos cruzado ciudades, provincias, países. Tal vez océanos. Algunos seres queridos se habrán ido más allá de la propia vida y estarán en la silenciosa eternidad. 

Cuando ahí estemos, sin embargo, ojalá pueda continuar con la búsqueda curiosa de nuestro cariño. Nosotros no podemos evitarlo. Por eso, hacemos galletas, para prepararlos a esta nueva forma de ver el universo. Más allá de donde ya estuvimos, más allá de lo que sabemos, más allá de nosotros mismos. Porque anhelamos como propósito ser buenos padres. Creemos que de esa forma podamos encontrar una meta valiosa. 

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