«nada puede durar tanto, no existe ningún recuerdo por intenso que sea que no se apague»
Juan Rulfo
Quizá fue un aviso que hace 10 años haya muerto mi Madre. Algo que profundamente sabía. Todo eso iba de aquí para allá dentro de mí. Era una presencia fantasmal.
Ella también, por más que el dolor de antaño parecía imborrable. Empezó a borrarse. La intensidad de ese dolor se comenzó a apagar un día que desconozco, tal vez a la mañana, tal vez a la tarde. Sería imposible vivir de esa manera. Si al recordarlo rememorara incluso ese dolor lo que existe en mí sería insportable.
Eso es lo que pasa: la intensidad puede apagarse con la vida o nuestra vida consumirse en esa intensidad dolorosa. La duración de lo imborrable también se encuentra presente entre nosotros. Yo me aferré muchas veces a ese sinsabor. Con esa sensación de boca, quizá. En la duaración de todo eso, también perduraba algún recuerdo y algún dolor. Ella no moría del todo, no moriría para siempre.
Pero de repente apareció mi hijo. Él me sonríe todas las mañanas. Anda a los gritos por la casa diciendo “TaTa – TaTa” y cuándo lo miro balbucea “bla blu blo bli blim”. Yo sonrío, abre un océano de alegría en mi vida. Me sorprende la felicidad que genera. Descubro que en algún lado de mi persona mi propia felicidad me parece excesiva. Esto ya es demasiado para mí, pienso. El me abraza con amor y yo quiero ese abrazo, y ese amor.
A veces le pregunto
- “Vos!! ¿Sabés que yo te quiero?”
- El mueve la cabeza para arriba y abajo y dice “gla bla blu”
Quiero imaginar su respuesta, ¿Qué querrá decir? ¿Yo también? ¿Ya lo sé papá dejá de molestar? ¿Basta tata por una vez? Y sonrío.
A veces también recuerdo a mi madre, y me pregunto que clase de felicidad sintió ella ¿habrá sentido esta felicidad? No la felicidad de los logros y diferentes sucesos de la vida de nuestros hijos. Qué son las mismas de la mayoría.
La felicidad de ese instante totalmente olvidable. Me preguntó si pudo ser feliz algún instante. Lo cierto es que ya no me importa recordarla u olvidarla. Eso es cierto.
Me gustaría retratarlo todo. Pero necesito dejar que el olvido también haga su trabajo para que el amor se funda en algo incorporeo.
De todas formas, su saludo al mar, su abrazo, sus primeras ideas locas, sus sonrisas antes de encarar el raconto de sus picardías, el ingreso al cuarto al grito de tata, las risas cuándo se baña y todo aquello que hacen algo por mí. Creo que serán difícil de borrar.
Algunos postulan que la paternidad le da sentido a la vida. Por supuesto, es completamnete falso. Nunca imaginé que iba a tener un hijo y no sabía si iba a serlo a o no.
Pero sí puedo decir que la paternidad ha amplificado mi deseo de intentar cambiar y ser una versión mejor de mí. Amplificar lo bueno. Comunicar lo malo. Para que entre luces y sombras mi hijo pueda navegar hacia su destino y yo en el camino disfrutar esa sonrisa. Qué algún día, como el recuerdo doloroso de antaño, quiera atesorar.
Cuénta la leyenda que en el último instante de tu vida pasan ciertos recuerdos, la totalidad de tu vida.
Pienso y declaro: saquen todo. Los recuerods de mi madre, mis amores, mi mujer, la primera, la pasada, la futura. Saquen los logros propios, también los ajenos.
Pongan una suseción infinita de sonrisas y abrazos con mi hijo.